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Toma la ruta

por: Alberto Chimal

No preguntes más por mí.
Nadie sabe nada.
No estés preocupada.
Yo la paso bien.

GUSTAVO CERATI

—Todo fue por el anuncio.

—¿Cuál anuncio? —pregunta Horacio Kustos, y la señora Ledezma le tiende un separador de libros.



—Me lo dieron en la Feria del Libro. Me debí haber fijado. Que no era normal. Pensé: “Qué raro flyer”. Pero nada más pensé eso.

El texto impreso en el separador comienza así:

HIPNOSIS TERAPÉUTICA PARA TUS HIJOS

Te interesa que tus hijos:

Desarrollen Toda Su Inteligencia

Tengan Memoria Rápida

Tengan Aprendizaje Acelerado

Trabajen Y Pongan Atención En La Escuela

Coman Saludable

Tengan Respeto Y Valores

 —Sobre todo, lo de los valores pensamos que estaba bien —explica el señor Ledezma.

—Porque no queremos que Marco Antonio sea “nini”.

Marco Antonio sólo tuvo dos sesiones de hipnosis con el terapeuta: un tal Lorenzo Márquez, que además de anunciarse como Profesor Doctor decía tener Posgrado en Ciencias de la Conducta y Ángeles. Luego del desastre –de que su paciente ya no pudiera despertar, de que todo lo demás empezara a suceder– el hombre huyó de la ciudad.

—¿Nos puede ayudar, doctor?

Horacio Kustos no se atreve a decir a los Ledezma que no es un doctor, que llegó a la casa meramente a investigar los rumores y que no tiene la menor idea de cómo ayudar al hijo. En cambio pone el vaso de cocacola que le dieron sobre el posavasos de cartón en la mesa de centro. Piensa en decir que tampoco es un exorcista pero decide que es una broma pésima. Se pone de pie.

—Vamos —pide, y es llevado a la habitación en la que Marco Antonio, de quince años, está atado a la cama. Babea y se retuerce. Tiene puesta una pijama de rayas; tiene la cara pálida y cubierta de cicatrices, los ojos amarillos y locos.

Y sobre la cama flota una vieja guitarra de Paracho que se toca sola.

—¡Ah, telequinesis! —dice Kustos, maravillado. Las cuerdas de la guitarra vibran con tal fuerza que casi suenan como pasadas por amplificador: casi suenan como una guitarra eléctrica.

—Está así todo el día —se queja la señora Ledezma.

—Todo el día —la apoya su marido.

Y de pronto, Kustos se da cuenta:

—Esa es de Jimi Hendrix —dice, asombrado.

—¿Quién? —pregunta la señora Ledezma, y en ese momento Marco Antonio, todavía atado y retorciéndose, empieza a cantar con la voz de Jimi Hendrix.

—Es cierto que a veces la influencia de los padres se manifiesta de maneras inesperadas, y no como uno quisiera —dice Kustos, más al rato, cuando han vuelto a la sala, y el señor Ledezma ha dejado de llorar, y Marco Antonio (se puede asumir que es él, desde luego) toca con la mente “While My Guitar Gently Weeps” de George Harrison y canta a todo volumen (¡también parece usar un amplificador!) con la voz de George Harrison—. ¿Pero por qué dice que usted es el culpable?

El señor Ledezma sorbe moco.

—Yo ponía cosas así de joven —dice. Su esposa intenta consolarlo.

—De joven, su papá, o sea mi suegro, era de esos revoltosos.

—Rocanroleros —dice el señor Ledezma.

—Sí —dice su esposa—. Se murió hace años pero hasta el final siguió poniendo cosas así en el asilo. Y de ahí le aprendió mi marido.

—Es un poco raro que no esté canalizando directamente al abuelo —dice Kustos— pero sería bastante peor si, en vez de canalizar personas muertas, su hijo canalizara personas vivas. No sé… ¿Han oído hablar de Gustavo Cerati?

Las caras de los dos padres le indican que ha cometido un error. Kustos mira para un lado, mira para el otro, Marco Antonio termina la canción de Harrison y empieza “Smells Like Teen Spirit” de Nirvana. Con la voz de Kurt Cobain.

—Bueno, no importa —dice Kustos.

—A mí todo esto me molesta además —se queja la señora Ledezma— porque es música que no le entiendo.

—Le pusimos Marco Antonio a nuestro hijo por Marco Antonio Solís.

—Yo digo que el que tiene la culpa es más bien el abuelo, porque éste —la señora Ledezma voltea a mirar a su marido— sólo tenía la pose de ser bien rocanrolero, bien rebelde. Luego luego se le quitó, ¿verdad?

—Uno va madurando —asiente el marido— pero en realidad a mí ni me gustaba esa música. Era como impuesta, como para tratar de acercarme a mi papá. Cuando empecé a andar aquí con mi mujer traía el pelo largo y me iba a las tocadas, al slam, pero en mi casa, cuando me quedaba solo, siempre le metía más al tropical.

Un año más tarde el falso doctor Márquez abrirá consultorio en una ciudad cercana y su primer paciente será el hijo de un aficionado al cine de artes marciales.

 

 

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