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Tercio de muerte
Por Alejandro González Castillo

No sé si lo que hay en la mesa de esta cantina son los restos de un cacahuate o el abdomen de una cucaracha. Y es que saladas son ambas opciones y, debo aceptar, salado estoy yo. Hay que estarlo para encontrarme aquí, sentado en una de las mesas de La Faena, a los pies del traje de luces que alguna vez portó un tipo llamado Joselito mientras, a mis espaldas, dos toreros están a punto de darse un beso y bajo mi barbilla un insecto cruza el mantel, tal como un náufrago en el mar. Todo está quieto tras los cristales y aquí estoy, solo, rodeado de matadores, una condición de lo más noble, según los fundamentos taurinos.

Pero ya viene el mesero. Trae consigo la cerveza que al entrar le solicité y dos quesadillas que no formaban parte del plan. El líquido sabe bien; la comida apesta a trapo puerco, a mar en verano. Pero qué me importa la peste. Bebo mirando el techo que está a punto de venirse abajo, carcomido, barnizado con cochambre. Estoy pensando dónde quedó la grandeza de este lugar. Porque alguna vez debió existir. En determinada época hubo algo más que esta noche de lluvia olorosa a costa sucia y a náufragos sin mañana. También pienso en la chica que perdí de vista en la esquina, con su fina cintura y pálidos brazos. Y medito que ella debería estar dentro de una de estas vitrinas que ocupan los toreros muertos; pero viva, pestañeando, para que todos la admirásemos mientras su carne se mantuviera lisa.

Vuelvo a sorber de mi envase mientras mis dedos andan sobre la mesa, engendrando olas. Apenas muevo un poco el índice y el medio, y el mantel se ondula para hundir al insecto que cruzaba mi mesa en un agujero negro creado por una colilla de cigarro. Sin esperarlo, el invertebrado ahora se encuentra en una nueva dimensión, una de polvo y sal. Y entonces recuerdo cuando ponía mi cabeza a la altura de tus costillas y ese mismo par dedos andaba entre tus pezones, dando pasos diminutos. Descubro que entonces yo no buscaba un refugio en ese camino que recorría toda vez que te acostabas frente a mí. Y entiendo que lo que a ti y a mí nos mantenía unidos no era un sentimiento, sino una sensación. Una sensación caliente. Lo sé porque mis dedos jamás tuvieron miedo de chamuscarse. Sufrían los temblores que provocaba tu corazón con cada latido; sin embargo, se empeñaban en ignorar tus sentimientos. En realidad estaban tan cerca de él, de ese músculo que, dicen, es del tamaño de un puño, que bastaba que se calzaran unos tacones de aguja para estocarte. Pudo ser fácil, pudo bastar con dar un paso firme y ya. Culminar la lidia. Eso jamás sucedió.

De alguna u otra forma me comporté como un mal torero al dejarte escapar con vida. De hecho, los matadores tras los vidrios deben sentir pena por mí esta noche. Claro, para muchos, esos tipos de pantalones untados y sacos ridículos no son más que cobardes forrados de tierra, alabados por quienes van a las plazas a recoger las banderillas que les entierran a animales sin fortuna. Muletas y espadas, un instrumental que en este lugar se cuelga de las paredes, cubierto con costras que avivan mi hambre. Ahora muerdo mi botana… Mesero, perdone ¿de qué son sus quesadillas? Es decir, una masa similar a un puré de papa se encuentra atrapada en estas tortillas, pero podría tratarse del sarro acumulado durante décadas en los baños de este lugar, ¿sabe? ¿No tendrá algo más sustancioso? No sé, ¿una pancita, por ejemplo? Y tráigame una bola oscura, si es tan amable. Allá va el que sirve, hacia el fondo del sitio, tras la barra. Vamos a ver si esto mejora. Vamos a ver si el sabor del barril me anima ahora que ha entrado un grupo de turistas ansioso por conocer la historia de esta cantina.



Qué joviales lucen los nuevos parroquianos pidiendo cerveza clara, acomodándose sus audífonos guía y barriendo con la mirada cada esquina de esta plaza sangrienta. Francamente no comprendo por qué les intriga saber de un lugar como éste; ninguno tiene facha de borracho, ni de torero. Mucho menos de toro. Es el líder de la manada de curiosos quien se dirige a ésta mediante un micrófono de diadema. No oigo lo que dice, pero sus escuchas asienten con la cabeza como si les estuvieran revelando la receta de mis quesadillas. El del verbo se ha parado bajo una pintura inmensa que presume a un tipo cruzando una cerca de púas y manotea aparatosamente hacia arriba. Señala ese punto donde de la obra nace una rasgadura de tamaño considerable, y sé que no es cierto, pero prefiero pensar que quien rajó el lienzo fue Stevie Moore. De hecho, me dan ganas de arrancarle el micrófono al sabelotodo y decirle a sus seguidores el tamaño de espectáculo que hace tiempo ofreció aquí mismo ese viejo de barbas verdes. “Amigos, fue él, Stevie, quien raspó la imagen que todos ustedes aprecian en este decadente espacio. Ocurrió en una de las múltiples ocasiones que el legendario músico se descolgó su guitarra, en uno de esos descansos entre tema y tema que aprovechaba para fumar mariguana y subirse los ridículos pantalones floreados que portaba. Sí señores, esa vez las clavijas de su instrumento hicieron de las suyas”.

Hora de ir a la rockola y dejar que los turistas se entretengan a su modo. Doy unos cinco pasos hacia el armatroste y, ya frente a él, comprendo que me gustan las máquinas que tocan canciones porque frente a ellas regularmente se conocen chicas. Sí, mientras se repasan carpetas es fácil decir hola, preguntar si existe tal o cual disco o solicitar un encendedor. Además, las féminas lucen mejor cuando los focos chillantes de esos aparatos se reflejan en sus rostros. Aunque, siendo sincero, ¿qué clase de mujeres voy a encontrarme hoy aquí? Es decir, las hay, varias, pero traen prisa y vienen acompañadas. De hecho, todos esos antropólogos emergentes ya están pagando la cuenta. Apenas se tomaron una, pero el jefe de la camada ya les enseña la salida, y hacia allá andan todos obedientes porque seguramente tienen más cantinas por visitar. Pero bueno, a mí qué me importa su camino, que se larguen ya. Cuando aquel bulto de personas se esfume sólo quedaremos esos cuatro tipos aburridos de la mesa cercana a la puerta, huevones fastidiados que se miran entre sí mientras mascan cacahuates, y yo. Claro, a ellos nada va a moverlos, con esas caras rumiantes salieron de sus casas y así van a volver. Pero yo soy distinto, yo he transformado manteles en mares y perdonado vidas con un chasquido. Chc. Así, rápido. Mi clase es otra. Por cierto, hablando de tronar los dedos, ahí viene otra vez el mesero. Joven, ya no tenemos nada de botana, ¿le dejo su bola en la mesa? Vas. Déjala ahí y llévate las quesadillas antes de que las cucarachas las cubran como abejas sobre un jarrón de tulipanes. Yo aquí me encargo de engordar este altoparlante con diez pesos. Ya encontraré el modo de animar este sitio con tres canciones.

¿Que dije? ¿Tres canciones? Tomando en cuenta que bajo las leyes del pop cada tema dura alrededor de tres minutos, sólo cuento con unos 540 segundos para virar el rumbo de la velada. Esto es, formalmente, un reto. Como pararse frente a un toro bravo, afilar la puntería y aniquilar sus suspiros. Un desafío para cabrones importantes, nada de mulilleros ni areneros. Y yo acepto jugármela. Porque sé que estoy listo para tomar la alternativa. Claro que sí. Veamos. Comencemos por la A. Alejandra Guzmán, Ana Gabriel, Arjona… Puta madre. No va a ser fácil modificar la ruta del viento con un cancionero así, pero ¿qué esperaba? ¿No las rockolas se componen exclusivamente de lados A, de cañonazos demoledores? Finalmente, me toma diez minutos deshebrar el temario de la máquina y elegir tres composiciones. Entonces vuelvo orgulloso a mi mesa. Jalo la silla y, mientras descubro a una cucaracha diminuta rondando mi cerveza -su faro en la orilla de una salvaje costa- escucho a esos cuatro clientes exigir la cuenta. Lamo mi mano y chupo un limón. Salado estoy, recuerdo. Luego, tamborileo mis dedos asesinos contra la mesa una vez que suena el redoble que da inicio al primer track que escogí y decido que voy a llevar todo el líquido que me han servido a mis entrañas mientras las tres tonadas suenen. Salud, me digo a mí mismo. Despidiéndome de ti, porque muy en el fondo a eso vine a este lugar, a decirte adiós.

Más tarde, cuando la cuerda de mis diez pesos se agote pediré una cerveza más. Es la última, me advertirá quien la destape, porque ya vamos a cerrar. Entonces, se apagaran las luces de Joselito y las costras de las espadas volverán a ser sangre caliente. Pero nadie estará ahí para atestiguarlo. Menos tú. Menos yo. Tendrá lugar el lado B de La Faena, el del polvo y la sal, el de las vitrinas que estallan. La grandeza de vuelta. El cigarro del diablo abrirá un hoyo negro y ocurrirán todas las cosas que los guías de turistas ignoran, los secretos que sólo bajo tus pechos se revelan. Los anhelos que nada más los matadores albergan. Los sonidos que sólo Stevie Moore comprende sobrio.

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