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Apagón/Blackout

Por: Erika Mergruen

 

En mis tiempos buscábamos los éxitos en la radio, saltábamos del AM al FM para escuchar lo nuevo o esperar los lanzamientos oyendo lo viejo. Así, elegíamos el sencillo y buscábamos en las tiendas el nuevo LP. Una visita, dos y hasta tres porque los ingratos discos tardaban en llegar a México. Auscultábamos con dedos agilísimos las hileras monumentales de LP. No era raro obtener un machucón en las yemas en esos archiveros de fundas de cartón casi siempre impresas a todo color.

“No, todavía no llega, regresa como en quince días y a lo mejor ya lo tenemos”. La espera sólo podía amortiguarse si el éxito del momento era transmitido en tu estación preferida.

En mis tiempos, tarde que temprano, la oportunidad llegaba: encontrábamos nuestro eureka personal en aquellas hileras de discos. Pagábamos y nos íbamos con urgencia a casa donde esperaba el tocadiscos —el mío era muy moderno, incluía automático—. Salíamos de la tienda con prisa, abrazando el album, como si se tratara de un niño pequeño al que había que arropar y dormir.



En mis tiempos tuve mi Eureka, uno de tantos: por fin, ahí estaba, Blackout de Scorpions, de Mercury Records, con Gottfried Helwein gritando en la portada, entre celestes y vidrios. Ahí estaba Scorpions, con sus letras que años más tarde serían imitadas en los grafittis de la gran ciudad:

Llegas, corres a la cocina, necesitas el cuchillo pequeño, el filoso, para abrir el celofán del borde del disco. Cortas con cuidado, no vayas a rayar la portada azulísima del loco de Helwein. Extraes delicadamente el vinilo y descubres que no te ha tocado uno negro, aunque piensas que el negro sería más Scorpions. No importa, miras el vinilo a contraluz, te ha tocado uno azul, hermoso, como un gran caramelo atropellado. Abres la tapa del tornamesa, levantas el brazo metálico, colocas el disco de 30 centímetros con precisión, sosteniéndolo de los bordes, sin poner tus estúpidos dedos sobre los surcos, para que tu grasa de mortal no haga saltar la aguja. Pones el brazo del aparato en posición de arranque automático, y checas el ajuste a 33 revoluciones, pues no quieres oir ardillas en él. Jalas la palanquita del automático: el tornamesa gira, el disco cae, ¡plop! y la aguja, como si se tratara del telescopio de un submarino que nunca fue amarillo, se mueve, lenta, para al fin descender, certera, inmaculada. Observas la aguja, le soplas por si tenía alguna pelusa, todo en esos 3 segundos que tarda en recorrer el surco de entrada, ese tan vacío, el brillantísimo, como espejo que refleja lo que estás por escuchar: arranca la guitarra y esperas la voz agitada, ahí, Klaus Meine ruge (I realize I missed a day) y la guitarra ya no se detiene, ya viene el coro, ya viene el coro, no (Just want to cut out), Klaus sigue rugiendo, ahora, no (My head explodes, my ears ring), aún no, sí, ya (Blackout I really had a blackout) y cantas porque con el coro te haces uno con la banda, porque el coro parece incluirte, te dice que la banda te comprende, que es tu color y que navegan con la misma bandera (Blackout I really had a blackout). Entonces inicia el solo de guitarra, porque así debe ser, porque así lo dicta el canón o sólo para que tú toques una guitarra imaginaria como si con ella pudieras romper el vidrio de esa maldita ventana que deja entrar la luz que rebota sobre la tapa del tornamesa. Regresa el coro y Klein grita, grita, grita y el vidrio de una ventana que nunca has visto se rompe.

Corres a la tornamesa, porque no existe el botón de replay. Levantas la tapa y ahora sí, a probar el pulso, porque no vas a detener el disco para levantarlo y darle a la palanquita del automático. Lo sabes, debes levantar la aguja con cuidado y colocarla, tú solita, sobre el surco vacío. ¡Ay de ti si la dejas caer! pues o jodes la aguja o rayas el disco y la canción quedaría herida para siempre. Acuérdate que los vinilos no son baratos. Uno, dos, tres y arranca de nueva cuenta la guitarra y esperas otra vez la voz agitada, ya, Klaus Meine ruge (I realize I missed a day)…

Lo dicho, en el siglo pasado, todo se nos iba en esperas, en rituales y en discos rayados por el infortunio. Sí, en mis tiempos… no, nunca diré que todo era mejor. En este siglo, mis canas tienen más discos en la computadora de los que tuve allá en los ochenta.

Tomas el mouse, buscas en la lista. Tras Device y Disturbed, los nuevos, das click: escuchas el rugido de Klaus Meine (I realize I missed a day)…

Vinilo o no, los estandartes son para siempre. Blackout.

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