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Rage Against The Machine Resonance Magazine

Por Ignacio Pato / @ipatolorente 

 Si existe algún top sobre grupos mainstreams que haya rellenado páginas por motivos extramusicales en los últimos veinte años, sin duda Rage Against The Machine figuraría en el. Mucho se habló en la época de las banderas norteamericanas invertidas que solían colgar de los altavoces, de aquel Lollapalooza en el que se mostraron desnudos contra los intentos de censura de la Parents Music Resource Center de Tipper Gore, la mujer del entonces vicepresidente Al Gore, e incluso de aquel escueto mensaje del libreto de su disco de debut en el que se afirmaba no haber utilizado teclados, samplers o programación en la realización del mismo. El indie había explotado un año antes en su vertiente grunge, y había una importante parte del mundo que no se sentía del todo representada por esa anglosajona manera de ver el mundo, ese nihilismo que manaba de las clases medias de los estados del norte de EEUU.

Sin embargo, Rage Against The Machine no fueron los pioneros en aquello que se dio en llamar crossover, que no era sino una manera bastarda de entender géneros bastardos en música, como eran principalmente el rap y el rock. Otros grupos como Papa Brittle, Consolidated, Urban Dance Squad o Mano Negra tuvieron en común ese acercamiento al rap a través del rock. (Y he ahí un matiz importante: el acercamiento fue del rock al rap. Al revés solo hubo algún connato pasajero, alguna canción de Beastie Boys (tres jóvenes raperos blancos que sabían tocar instrumentos) y las consabidas colaboraciones de Run DMC con Aerosmith y Chuck D de Public Enemy con Anthrax). Pero ninguno tuvo el éxito que los californianos obtuvieron con su debut, “Rage Against The Machine”, que salió a la venta en el mes de noviembre de 1992. Millones de copias después, nos situamos a veinte años vista.



La edición conmemorativa de aquel disco llega ahora de mano de su discográfica, la misma que muchos sospechan que tuvo/tiene mucho que ver en las decisiones de la banda, dicho sea de paso. Los diez temas del disco original (y esto incluye clásicos incontestables como “Bombtrack”, “Killing in the name”, “Bullet in the head” o “Freedom”) se han remasterizado. Los cambios no son especialmente espectaculares: la rabia ya estaba en un disco que fue grabado durante los gravísimos disturbios raciales que asolaron California tras el caso de brutalidad policial contra Rodney King en la primavera de 1992. Sí se antojan más interesantes los contenidos del segundo disco. En él podemos escuchar las demos que dieron origen al disco (por primera vez en calidad digital) y algunas de las caras B de la época: “Darkness of greed”, “Clear the lane”, “Mindset’s a threat”, “Auto logic” o “The narrows”. Para los que en aquella época compraban discos y se tumbaban en su habitación para escucharlos y leer las letras en el libreto, se trata sin duda de un disco inolvidable. Uno de esos álbumes que han aguantado bien el paso del tiempo y que sobre todo ha marcado a jóvenes que en estos momentos están escuchando géneros dispares como música de cabecera. Raperos, rockeros, metaleros, poperos, todos conocen a Rage Against The Machine. Algunos incluso descubrieron palabras en inglés gracias a sus rapeados. Los más profundos, llegaron a saber quién era Leonard Peltier o lo que había sucedido esa misma primavera en la soleada costa oeste norteamericana.

Mientras la polémica larvada sobre su posible reunión para grabar un nuevo disco (la banda se ha juntado para realizar algunos conciertos desde 2007) aparece y desaparece cada varios meses, su trayectoria ha estado jalonada de polémicas, desde el hecho de formar parte de una de las más grandes multinacionales del planeta a alojarse en un hotel de cinco estrellas en el momento de visitar ciudades como Madrid (2000). Lo cierto es que hay una cosa incuestionable: este disco hará rejuvenecer a más de uno por más de dos décadas, y quizá reconocerse en ese joven rebelde que una vez fue. ¿Lo seguirá siendo con veinte años más, y también algunas cosas más que perder?

 

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