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Por: Ignacio Pato / @ipatolorente

No es fácil hacer pop, aunque pueda parecerlo por ser quizá el estilo en el que más grupos (¿hay estudios numéricos al respecto?) podrían ser encorsetados a tenor de sus canciones. En el pop, la fuerza se pierde y la composición se queda desnuda. Todo se juega a la carta de la melodía, y esta, qué les vamos a contar amigos músicos, es más bien de esas cosas que juegan al todo o nada. Canción redonda, canción plana.

Solletico hacen pop pero también folk. De hecho, han tenido la feliz idea de sumar A+B y llamarlo “polk”. Un quinteto que desde Madrid parece que va a caer en el saco del preciosismo por momentos pero que en esas se redime con algunas de las mejores pinceladas de hiperrealismo naïf que en España hace un par de años se escucharon, como en el tema “Trovadores”, un cursillo acelerado de música occidental que puede bailarse. Olvídense de grupos estáticos con la coartada de la trascendencia. Si van a un concierto de Solletico se van a divertir, y van a ver divertirse a un grupo sobre el escenario, que es algo que a veces se echa en falta (la deshumanización laboral también alcanza al músico en ocasiones, no se crean que no). Además, la cercanía y complicidad hacen un juego siempre positivo con lo que ya traes hecho de casa. Si es malo lo hace tolerable. Si es bueno, como en el caso de Solletico, lo hace, como decimos, disfrutable. Ganan músico y público. Sonreír no es de necios, se acabó mirarse las zapatillas aparentando pensar en Sokurov. Bien por ellos pues.

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Con gestación en Roma, un primer concierto en 2008 y una formación aun por pulir en aquel entonces, el nivel es incontestablemente ascendente en los paquetes de canciones, o EP’s, que la banda ha editado: “Los óxidos metálicos” y “¡Arre!”. En ellos podemos encontrar ese costumbrismo que tan bien les sienta pero también un esquema compositivo que juega claramente con la repetición y algún atisbo de formación clásica en alguna de sus componentes. A los pies en el suelo se le une la utilización de instrumentos como melódicas, xilófonos o cajas de ritmos que además da dinamismo a esos directos tan poco pagados de si mismos. Hay mucho de canzone, pero igual o más de los llamados sonidos noventa que cristalizaron en ciudades del norte como San Sebastián o Gijón, pero mucho mucho, quizá más, del placer de pasar un sábado en un cigarral de la meseta sin que falte queso y vino. Mucho más de eso que de chubasqueros de colores para la ciudad. Pero sobre todo, y volvemos a lo de siempre, canciones, con ideas, con pertinencia. Y con respeto a ese oyente que ya no puede disfrutar de discos de una hora tras casi diez en el trabajo. Ese oyente que no puede sino apreciar a un grupo que le resulta cercano y medieval a la vez. Misterios del espacio-tiempo rotos por tener cosas que decir.
Les hablo de ellos porque en este recién estrenado año van a dejarnos buenos momentos con nuevas canciones, esperemos que en un formato que encuentre el equilibrio perfecto entre el caballo de batalla eterno: “todo lo que tengo que decir” vs “todo lo que necesito escuchar”.

 

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