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«A menudo, durante mis días de arresto domiciliario, se sentía como si yo ya no fuera una parte del mundo real. Estaba la casa que era mi mundo. Estaba el mundo de los otros que tampoco eran libres, pero que estaban juntos en la cárcel como una comunidad. Y estaba el mundo de los libres. Cada uno de ellos era un planeta muy diferente buscando su propio curso en un universo indiferente”.

Esas fueron las palabras de Aung San Suu Kyi el sábado, cuando recibió 20 años después el Premio Nobel de la Paz, señalando una vez más que a pesar de compartir el mismo mundo que los seres humanos, fuera de la zona aislada en la que vivía, de muchas formas tuvo que restaurar un sentido de la realidad para ella, donde se le brindaba un reconocimiento y la atención del mundo a la lucha por la democracia y los derechos humanos en Birmania, algo que no iba a ser olvidado fácilmente aún dos décadas después.

En un discurso que duró 40 minutos, Suu Kyi aceptó el premio, pero no se concentró en la idea del confinamiento que le impidió asistir a la ceremonia en 1991, siguió en pie de lucha preocupada por los que no tiene la oportunidad de expresarse. Las palabras de Suu Kyi claramente fueron personales, pero no dejaron de hablar de la paz, la lucha por la democracia y los derechos humanos, confiando en que aún en el aislamiento hay pruebas de que “no seremos olvidados”, las voces se hacen audibles desde cualquier cuarto cerrado.

Ésta fue la primera vez que la líder de la oposición en Myanmar, Aung San Suu Kyi, tuvo la oportunidad de hablar sobre la paz tras encabezar el movimiento pro democrático que la llevó a un arresto domiciliario durante 15 de los siguientes 22 años del régimen militar, pero aún así reconoció que el Premio Nobel de la Paz la volvió a dibujar “en el mundo de los otros seres humanos, fuera del área de desolación en la que viví, restaurando un sentido de realidad en mi”.

La historia de esos años no ha pasado desapercibida, como toda lucha en momentos de necesidad de un optimismo cauto, siempre surgen los proyectos alusivos, tal es el caso de la película Amor, Honor y Libertad, un filme dirigido por Luc Besson que se estrenará en México el próximo 13 de julio y que retrata la extraordinaria historia de Aung San Suu Kyi y su esposo Michael Aris, en medio de la lucha pacífica por la democracia en Birmania. Una historia de devoción y entendimiento humano ambientada en un panorama de agitación política que continúa hasta la fecha.

Éste film fue escrito en un periodo de tres años por Rebecca Frayn, basándose en entrevistas con figuras clave que rodearon a Aung San Suu Kyi y que le permitieron reconstruir por primera vez la verdadera historia de la heroína nacional de Birmania. Por supuesto una cosa es la adaptación de una vida al cine, pero hay posibilidades de que las últimas frases de su discurso el sábado pasado muevan mentes más allá de la pantalla y el romance que muestran los héroes mientras comemos palomitas en una sala oscura:

“El resto, los desconocidos, serán olvidados. Estoy aquí porque yo era una vez una presa de conciencia. A medida que me miran y me escuchan, por favor, recuerden la verdad a menudo repetida de que un preso de conciencia ya es demasiado”.





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