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De entre todas las obras de Ibargüengoitia, Maten al León sobresale por su inusitada capacidad de dotar de ironía y un refinado humor negro a una historia compleja y con una gran variedad de personajes que entran y salen de la trama en una suerte de estrategia narrativa brillantemente estructurada. Como en mucha de la obra del autor, la ficción está construida con elementos de realidad atemporal que narran los juegos de poder en la nación ficticia de Arepa.

Situada en la década 1920, en una isla latinoamericana alejada del resto del mundo, en donde la alta sociedad, convenenciera y ramplona, se disputa el poder con el Mariscal Belaunzáran, un presidente con 4 periodos en el gobierno y que pretende reformar la constitución para gobernar de forma vitalicia sin más argumentos que sus orígenes como caudillo. La disputa por el poder va escalando con lujo de violencia, hasta que el grupo de los “moderados”, el partido opositor comandado por el joven aristócrata José Cussirat, se da cuenta que la única forma de ganar el poder es quitar del camino al tirano Belaunzáran.

Firmada en 1969, pero que bien podría ilustrarse con lo que pasa en Venezuela o Nicaragua en pleno 2018, “Maten al León” pone de manifiesto cómo los vicios y corrupción que caracterizan a las dictaduras de América Latina siempre tiene los mismos resultados: “Después de todo, los pobres van a seguir siendo pobres, y los ricos, ricos. ¿Así que qué importancia tiene que el presidente sea un asesino o no lo sea”

La obra, catalogada dentro del género de la comedia, cuenta con muchos arcos dramáticos en los que algunos personajes son eliminados de la trama de forma predecible y otros que parecen trascendentales, al final de la historia no lo son tanto. Tal es el caso de Pereira, un miserable maestro de violín que es el primer y último personaje que aparece en la novela y que tras desaparecer a la mitad del libro, regresa de forma crucial en el desenlace de la obra.



Aunque el escritor guanajuatense tiene obras de gran calibre, Maten al León destaca por méritos propios por su ritmo, su fluidez y la forma tan irónica de retratar las injusticias de un mundo atroz y en el que pase lo que pase, siempre pierden los mismos.

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