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La visión de pesadilla de Anthony Burgess de una élite usando la alta cultura como castigo de los jóvenes se ha hecho realidad. En la novela distópica de 1962 de Burgess A Clockwork Orange, famosa también dentro de la filmografía de Stanley Kubrick, el joven rebelde Alex es sometido a la “técnica Ludovico” de las autoridades locales, forzándolo a tomar drogas que inducen náuseas y ver incontables horas películas violentas durante dos semanas, al mismo tiempo el condicionamiento se reforzaba con música de Beethoven.

La personalidad de Alex es lentamente modificada y remoldeada. Sin embargo, él se rebela, especialmente contra el uso de los clásicos como castigo. Implora a su terapeuta que apague la música, que “Ludwig van” no hizo nada malo, él “sólo hacía música”. Reclama a los médicos, es un pecado convertirlo en contra de Beethoven y llevar su amor por la música a la repulsión. Pero hacen caso omiso de él. Al final de todo, Alex ya no es capaz de escuchar su música favorita sin sentir angustia.

La militarización de la música no es algo nuevo, sólo recordemos las torturas del ejercito estadounidense con una mezcla de Metallica-El Nene Consentido-Anthrax, sin embargo las instituciones de Inglaterra están llevando a un nuevo nivel el condicionamiento con el uso de música clásica, lo que por sí solo habla mucho sobre el autoritarismo de la elite británica y el atraso cultural.

En enero se reveló que West Park School, en Derby, en la región central de Inglaterra, se inició un programa para “someter” (palabras textuales) a los niños que se comporten mal con música de Mozart y otros. En “detenciones especiales”, los estudiantes se ven obligados a soportar dos horas de música, tanto clásica como relajante (el director afirma que los calma de inmediato) como elemento disuasorio contra el mal comportamiento futuro (al parecer el número de alumnos problemáticos se ha reducido en un 60 por ciento desde la introducción de las detenciones.)

Un informe de prensa dice que algunos de los niños que han sufrido este autoritarismo de Mozart ahora encuentran la música clásica insoportable. Esto es lo que pasa por la educación en Gran Bretaña de hoy: enseñar a los niños a pensar “¡Peligro!” cada vez que oyen el Réquiem de Mozart o alguna otra pieza del genio musical. Y es que tienen tan poca fe en las capacidades intelectuales de los jóvenes, en su habilidad y disposición a colaborar con las formas más altas de la humanidad, que se imaginan a Beethoven y Mozart y otros grandes músicos como algo que debe ser repugnante y un indicativo inmediato de castigo.

Ya no se trata de castigos corporales, si lo piensas la medida es aparentemente inocua, dicen que la terapia con música clásica en las salas de castigo simplemente sirven para calmar a los jóvenes, sin embargo ya se está comprobando que esto se convierte en una profecía autocumplida. El Alex que todos llevamos dentro ya no implora, simplemente se inclina hacia la repulsión, y eso se comprueba todos los días en lugares públicos en el Reino Unido, donde inofensivamente se toca música clásica para ahuyentar a esos jóvenes “revoltosos” previamente condicionados en las salas de castigo.



Están desesperados por el control de la juventud, pero desde la distancia, sin comprometerse con ellos al filmar cada uno de sus movimientos (recuerden que el Reino Unido es el país con mayor número de cámaras de vigilancia en el mundo), pero eso no les impide utilizar música clásica mezclada con el Mosquito, un zumbido de altas frecuencias que sólo pueden percibirlo los menores de 20 años y que les hace insoportable estar en ciertos sitios, para que el gobierno de ese país estratégicamente controle los lugares de reunión.

Si, parece algo lejano a los problemas de México, sin embargo ¿se han detenido a pensar para qué sirven todos los postes con cámaras que se han colocado afuera de todas las escuelas o si realmente la música que escuchan en el supermercado, el centro comercial, el banco y el elevador es realmente inofensiva y sólo es una muestra del gusto aleatorio de quien maneja el sistema de sonido?

Aunque cabe la posibilidad que las noticias y la edad me estén haciendo un poco paranoica.

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