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Dicen que si tuviéramos a nuestro alcance un botón para disparar el centro de placer en nuestro cerebro lo apretaríamos sin parar hasta morir en euforia, que los humanos no tenemos límite para buscar esas emociones y que haríamos lo que fuera por mantenernos sobre esa ola de satisfacción. El cine ya ha explotado esa perversa necesidad cientos de veces, sólo basta ver Strange Days, Until The End of The World y la serie de televisión Alice para la fijación con ese punto en el hipotálamo, sin embargo las representaciones visuales de lo que podría ser ya no son suficientes para la industria, necesitan ir un paso más allá para encontrar la vía rápida hacia ese botón de emociones.

En un momento en que David Lynch sigue quejándose amargamente por las películas vistas en pantallas diminutas, que la Academy of Motion Picture Arts and Sciences rastrea cuantos de sus nominados a los premios Oscar ya están en la red y que las cadenas de cine están a punto de boicotear el filme Alice in Wonderland de Tim Burton, debido a una disputa por el corto tiempo entre la exhibición y el lanzamiento del DVD (uno de los planes de Disney para ganarle a la piratería), queda claro que la industria cinematográfica busca urgentemente la forma de renovarse y parece que meterse en lo más hondo de nuestras emociones será su salvación.




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