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“We’re not going to ride the bus… We are not going to comply. We are not going to play in _____. We are going to boycott _____!”
A principios del mes pasado Elvis Costello anunció que cancelaría su esperada presentación en Israel, al poco tiempo Pixies, Gorillaz y Klaxons tomaron la misma decisión. Algunos israelíes vieron las cancelaciones como un indicador del creciente aislamiento derivado de las políticas del gobierno. Para otros, es una prueba de lo poco que se entiende la situación en Israel.
The Sound Strike e inmediatamente obtuvo el apoyo de NIN, Kanye West, My Morning Jacket, Chris Rock, Gogol Bordello, Cypress Hill, Conor Oberst, Los Tigres del Norte, Café Tacvba, Michael Moore, Calle 13, Ozomatli, Massive Attack, Spank Rock, Sonic Youth, Tenacious D y 177 actos más. Incluso Conor Oberst grabó el corte Coyote Song, el primero de muchos que acompañarán The Sound Strike y que permitirán recaudar dinero para ayudar a diversas organizaciones no gubernamentales a combatir la controvertida ley.

Con todos los prejuicios a un lado, la división entre los artistas y sus fans que residen en Arizona deja poco espacio a preguntarse donde está la línea, si la música y la política son independientes o no, porque mientras Zack de la Rocha impulsa el boicot, otros actos continúan sus giras por Arizona y algunos más argumentan que el boicot es un error, una medida injusta contra sus seguidores. Tal y como sucede con el boicot en Israel.

Así que la pregunta continúa, ¿el boicot cultural es un arma efectiva contra políticas equivocadas? ¿Es correcto privar a los ciudadanos de algún entretenimiento por algo que su gobierno ha hecho o está haciendo? ¿Discriminar a los discriminadores, o colocar un bloqueo contra los bloqueadores? Lo que si es seguro es que se fomentan la acción y la conciencia, en lugar de seguir adelante con la vida normal.

Shuki Weiss, uno de los más importantes promotores y productores en Israel, dijo que habían intentado llevar a Pixies a ese país durante 10 años y que, a pesar de que la música es una fuerza que ayuda a combatir la violencia y el odio, el movimiento de boicot podría considerarse un acto de “terrorismo cultural”. Como muchos, Weiss argumentó que la música y la política no deberían mezclarse, que si queríamos adentrarnos en la política él podría dar “una larga lista de países que deberían ser boicoteados”.

El hecho de que movimientos europeos y árabes lideran campañas de boicot contra Israel es un hecho conocido. No lo es tanto que muchas de las iniciativas provienen de israelíes identificados con la izquierda. El ejemplo son los 19 israelitas que enviaron una carta abierta a Pixies el pasado mes de marzo para que no actuaran en Tel Aviv.

“Reconozco que no es una medida política agradable, pero no tenemos más remedio que pedir el boicot contra Israel”, decía Nadav Burnstein, quien ha asumido una posición muy criticada por la mayoría de la población. En la carta los activistas escribieron al cuarteto: “¿están preparados para presentarse en Tel Aviv mientras bajo sus narices millones de seres humanos son sofocados por el cruel régimen militar israelí, negando los derechos humanos elementales?”. En la misma misiva solicitaban directamente a Pixies que, a pesar de la decepción que significaría para sus grandes seguidores, “no deberían cruzar la línea de piquete internacional”. Aunque el grupo de Boston argumentó que la situación se había salido de sus manos, Elvis Costello explicó que la gente que invitaba al boicot tenía una “visión muy estrecha”, sin embargo el músico decidió cancelar su concierto.



A final de cuentas vemos que un boicot tiene dos direcciones. Diferentes artistas anulan a última hora su gira a Israel exponiendo dos argumentos. El falso, “problemas de agenda”. El verdadero, las circunstancias/presiones. Para muchos, esos conciertos nunca fueron simplemente sobre la música, sino de un Estado que quiere dar la apariencia de normalidad y no de conflicto, cada actuación se tomó como una señal de la aceptación mundial que los israelíes anhelan.

Claro, es muy fácil hablar del tema desde el exterior, sin embargo lo que llamó mi atención fue la frase utilizada por Shuki Weiss, la de “terrorismo cultural”, una forma de protesta que no sólo se está presentando contra Israel.

El terrorismo cultural no es un movimiento de arte nuevo o un grupo definido por artistas con un manifiesto; el terrorismo cultural es más bien una posible forma de acción política – y no es solamente para artistas. Se trata de algo más que simplemente tocar temas políticos en general o hacer críticas ideológicas. Es una posible manera de trabajar para los artistas que con su obra quieren confrontar su época y que desean modificar la interpretación de la realidad social. En ese caso la acción es bastante simple, uno acepta que es artista dentro de un sistema o se convierte en un terrorista cultural.

Y, cómo dije arriba, el terrorismo cultural no sólo está atacando a Israel. Desde que Arizona creó una nueva ley de inmigración (SB 1070), muchos artistas ha levantado sus voces y se han unido para boicotear a ese estado. Zack De La Rocha (conocido por su activismo no sólo a través de Rage Against The Machine), inició

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