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“Probablemente la más grande catástrofe que ha sucedido en la grabación de la música en los últimos diez años” eso fue lo que dijo Neil Young cuando los acetatos fueron superados en ventas por los discos compactos en 1988.

Era el momento del cambio del sonido análogo al digital, extrañábamos la textura del surco pero nos hicimos a la idea de que nuestra colección sería más compacta. Sin embargo ninguno esperábamos, menos Neil Young, que nuestra forma de escuchar música cambiaría radicalmente en menos de una década.

Mientras nos alejábamos de la tornamesa, nos dejábamos llevar por el reflejo plateado de los CDs y hacíamos bizcos para apreciar el arte del tamaño de una servilleta, en Alemania el Instituto Fraunhofer IIS ya experimentaba con un algoritmo auditivo que desde 1894 (si, desde un siglo antes) ya se presentaba como un nuevo formato que no había logrado concretarse y, dentro de sus desarrollos en ciencias aplicadas, se toparon con las posibilidades de compresión digital que posteriormente se convirtieron en el MP3.

La técnica de compresión que utiliza el MP3 fue estandarizada en el año 1992, sin embargo tardaron un año en ponerle nombre y utilizarlo por primera vez. Fue hasta el 14 de julio de 1995 que Karlheinz Brandenburg utilizó un CD para grabar Tom’s Diner de Suzanne Vega. Quince años después seguimos considerando que el sonido del MP3 es peor que el del audio cassette (bueno si está a 320 kbit/s no suena tan terrible), su sistema de compresión con pérdida sólo tiene en cuenta los sonidos que caen dentro del rango que percibe el oído humano, ignorando el resto. Sin embargo comprendemos que la existencia del MP3 no se basa en brindarnos las mejores frecuencias de sonidos, sino la reducción de datos y en la portabilidad que ofrece el formato.

Ese hecho, el de no cargar con cientos de CDs cuando quieres escuchar música y mucho menos andar con un reproductor de discos mientras corres, lograron que el formato tuviera enorme aceptación y revolucionara al mundo, siendo además el más extendido y el que introdujo cambios profundos en la manera de comprar y escuchar música. Tal vez no lo recuerdas porque fue muy rápido el cambio, pero pasamos del antiguo rolar de discos de mano en mano a reunirnos alrededor de quemadores, hablar de velocidades de grabación en equis, realizar pacientes descargas en Napster e incluso a principios de la década pasada convertimos al disco virgen en el disco más vendido de toda la historia.

Con ese archivito la piratería industrializada creció en un 200 por ciento y surgió el pirateo hormiga en manos de aquellos que lograron reunir los discos de todos sus familiares y amigos para crear su fonoteca. Muchos también aprendimos a apreciar el peer to peer y nos iniciamos en la cultura del compartir con servicios en línea como Napster, Morpheus, Winmx, Imesh, Gnutella, Audiogalaxy y Oink! (súmale todos los que le siguieron).



La industria y Lars Ulrich podrán quejarse eternamente y hablar sobre la ilegalidad en la que vivimos muchos usuarios que compartimos canciones, incluso podrán seguir con su cacería, pero contradiciendo algunos de sus argumentos, la verdad es que nunca habíamos escuchado tanta música como lo hacemos en la actualidad, claro eso conlleva a que algunas veces es demasiado, pero sin ese pequeño archivo comprimido muchos sonidos estarían lejos de nuestro alcance y en algunos casos ni siquiera sabríamos que existen.

Sólo recuerden la emoción que sentían cuando después de horas rastreando en Napster finalmente encontraban el disco o la rareza que siempre habías querido. Sabemos que por ese instante de alegría eras capaz de esperar horas vigilando un download y como se volvió su objeto del deseo un reproductor de MP3.

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