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Aunque a través de ésta columna me gusta mostrar todo lo que sucede alrededor de la música de forma intangible, es inevitable volver a lo tangible de una industria que colapsa y se convierte en un suspiro por el fetiche que no desaparece bajo el influjo y comodidad de la información digital.

En realidad no me preocupan mucho las disqueras (no todas, sólo las que han destruido la música con su avaricia), pero es inminente que el refugio que más nos gustaba en nuestra adolescencia y que nos permitía disfrutar la magnitud de un álbum corre el peligro de desaparecer.