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“Así es como funciona lo hip, adjuntando historias de una cosa y no otra – por lo general de acuerdo con las necesidades invisible de la economía. En el panteón de personajes de lo hip, el cantante de blues fue una de las primeras imágenes inventadas como la imagen al servicio de la producción en masa”John Leland.

En Hip: The History uno no termina de sorprenderse con los datos, las anécdotas y las historias enlazándose a través del cine, literatura y música, en su extenso libro el periodista John Leeland no se cansa de explicarnos las razones por las que la palabra hip transforma su entorno y la forma en que los hipsters fueron esos seres obsesivos que lograron trasladar a muchos sitios sabores y ritmos únicos, creando fortunas, destruyendo vidas, dando forma a la manera en que bailamos, hablamos, hacemos el amor, vestimos o nos vemos a nosotros mismos en el espejo.

Todo mundo sabe como es lo hip, pero la palabra hipster ha perdido su fondo y forma, se ha convertido en una palabra peyorativa que aparentemente ya no tiene ninguna relación con Walt Whitman, Miles Davis, beats o cualquiera que haya sido parte del experimento estadounidense entre cultura popular y tendencias. En boca de muchos, el hipster es ahora una burla, un sinónimo de alguien que se sube a todas las tendencias que se le atraviesan, una pose sin ningún arraigo por nada, sin ninguna sustancia más que estar en el lugar correcto, en el momento correcto y, más importante, con la gente correcta.

Desde el punto de vista de Hip: The History, los hipsters son aquellos que buscan la autenticidad que une a millones en un paradójico deseo de ser diferentes, sin fingirlo, eran los que definían la cultura que posteriormente se extendería, pero en nuestra época es más sobre el mercadeo de lo hip, inclinando modas y elecciones de consumo de forma masificada, sin ninguna diferencia aparente. Si volvemos a los parámetros del libro, lo corporativo siempre ha sido parte de las revoluciones de los estilos, siempre han estado en las líneas frontales de lo hip, sin embargo son los hipsters los que decidirán como se adaptará todo esto a su imagen y pensamiento, el resto son los que decidirán utilizar las etiquetas de hipsters, indies y trendsters para definir lo que ya está al alcance de una tienda.

La cuestión en éste momento, por la que unos llaman hipsters a otros y los hipsters dicen no serlo, sigue siendo exactamente la misma. Siempre ha habido gente que piensa que puede comprar lo hip en una tienda, a pesar de que nunca se haya podido hacerlo. En ese sentido, el juego no ha cambiado mucho. Ateniéndome al libro de John Leeland y no lo que circula en timeline desde dispositivos portátiles en la Condesa (o cualquier otra colonia parecida en el mundo), lo hip no es lo que puedes comprar o lo que puedes usar, se trata de lo que sabes o cómo trabaja el lenguaje de la moda o la jerga o el estilo. A final de cuentas, lo hip y el hipster, deben estar implicados siempre con un acto creativo, no un acto de consumo.

Tal vez, quiero creer que si, de ahí surge I Am Not a Hipster. En el momento en que lees el título comprendes que la etiqueta ha sido tan manoseada que ahora es necesaria la negación para asentar una idea, incluso si se trata precisamente de hipsters creando arte y música, con personajes explorando diversos temas a través de la creatividad y la tragedia con el respaldo de toda la escena de San Diego, que es el caso de ésta película que se estrenará el próximo año en el festival de cine de Sundance.

I AM NOT A HIPSTER (the movie) from Destin Daniel Cretton on Vimeo.





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