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Tal vez es el conjunto de muchas negaciones y muchas realidades colapsando y chocando al mismo tiempo, quienes tachaban a lo que aparecía en Internet de mal hecho y mentira después fueron los detractores de Twitter y Facebook, es obvio que los dinosaurios de la información tienen que aceptar las nuevas reglas aunque no les gusten tan sólo para subsistir en “ecosistema mediático”, como lo llama Ignacio Ramonet en su libro La explosión del periodismo y que aparece en una extensa explicación de Rubén Aguilar en su columna Lo Que Quiso Decir.

Lo hemos visto en muchos noticieros, las figuras opinaban que los tuiteros eran por defecto corredores de rumores, han tenido que morderse la lengua después para abrir una cuenta para comunicarse en esos 140 caracteres que han provocado movilizaciones y que ellos consideraban insignificantes (en algunos casos más graciosos se han visto obligados a leer tweets al aire).

Dónde periodistas acelerados en el 2.0 hablan de un tema y los periódicos lo reproducen hasta un día después, la máxima escolar de que la nota debía ser oportuna en algunos medios es algo anacrónico o como lo pondría el ex adicto al crack David Carr, es para periodistas producidos en el sótano del New York Times.

El fin era enloquecerlo, claro que Carr se refería a uno de las nuevas figuras del periódico, una que manejaba un blog, cuentas en redes sociales, tenía dos computadoras en el escritorio y al mismo tiempo hablaba por celular y teléfono fijo con sus fuentes, además de entender las posibilidades del iPad. De eso trata Page One: Inside The New York Times, del encuentro entre vieja y nueva guardia, con Internet sobrepasando la imprenta como la principal fuente de información y periódicos en bancarrota por no saberse adaptar a los tiempos.

El documental hábilmente obtiene acceso sin precedentes a la sala de redacción del New York Times y el funcionamiento interno de la Sección de Medios de Comunicación, que significativamente sigue hasta los propios pasos de ese periódico en un ambiente donde se ven obsoletos, la información de Wikileaks se vuelve una fuente y medio, el plagio se vuelve un escándalo y la información no verificada provoca incluso guerras.

La muestra son los escritores Brian Stelter, Tim Arango y el brillantemente ácido David Carr, tres personajes que viven de forma diferente la metamorfosis cuando el New York Times lucha por mantenerse vital y solvente. Al mismo tiempo, sus editores y publicistas enfrentan sus retos existenciales al ver la circulación y el progreso de la información a través de las vías que antes no creían posibles, aspirando a que la tableta de Apple sea una solución, pero como uno de los editores dice, la industria de la música opinó lo mismo y ahora no están tan contentos de ser esclavos de alguien que sólo distribuye.

Page One es uno de esos documentales que sirven para entender un momento y hacia donde se dirigen las cosas, por supuesto es sobre los valores del New York Times, pero exhibe el panorama general de esos que se colocaban como el «milagro diario» y ahora ven que la organización de las noticias muchas veces ni siquiera pasa por sus manos.

El director Andrew Rossi logra que en 92 minutos observes de formas diferentes la dramática escalera roja al centro del atrio de la oficinas del New York Times, se transforma en una metáfora visual de poder y de como la tinta brillaba con impacto, pero tomándola desde otra perspectiva, también puede ser la sangre de esos medios que luchan por reinventarse a sí mismos. No todos sobrevivirán.





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