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Caín
Por Enrique Dorantes

El último libro de José Saramago es subversivo, hereje, destructor, anti-dogmático, terriblemente desmitificador, una avalancha de sarcasmo desvergonzado, daña la conciencia de todo aquel seguidor del antiguo testamento, en fin, una colección blasfema de literatura del más alto nivel, con la técnica depurada que el maese Saramago nos regala en cada edición, una obra que exhibe en el último de los niveles el propósito del arte: expresar, aturdir, crear y destruir.


Al mismo tiempo es redentor. Caín, el pobre del Caín, fue sacudido por el rechazo de su dios (¿dios?), y en la desesperación del alma humana se inclina a cometer un acto de sedición imperdonable, asesina a su propio hermano. El muy ojete de Abel se llevó las palmas del señor, pero no fue protegido por él.


José Saramago escribe en 2009 dos libros extraoridnarios, El Viaje del Elefante y Caín; el escritor portugués no pudo celebrar de mejor manera otra década de letra insuperable. En Caín, el hermano malvado nos guiará por un viaje a través del tiempo, en el que transcurre el libro sagrado de los cristianos.


Los acontecimientos de los que es testigo son para poner a dudar a cualquiera de lo realmente divino que tiene el texto:


“El caso de hombre llamado abraham al que el señor le ordenó que le sacrificara a su propio hijo, después el de una gran torre con la que los hombres querían llegar al cielo y que el señor derribó de un soplo, luego el de una ciudad en la que los hombres preferían acostarse con otros hombres y el castigo de fuego y azufre que el señor hizo caer sobre ellos, sin salvar a los niños, que todavía no sabían qué iban a querer en el futuro, a continuación el de una enorme reunión de personas en la falda de una montaña a la que llamaban sinaí y la fabricación de un becerro de oro que adoraron, a causa de lo cual murieron muchos, el de la ciudad de madián, que se atrevió a matar a treinta y seis soldados de un ejército denomidado israelita y cuya población fue por elloa exterminada hasta el último niño, el de otra ciudad llamada jericó, cuyas murallas se derrumbaron con el sonido de las trompetas hechas de cuernos de carneros y después fue destruido todo lo que había dentro….”


Son algunos de los eventos que recorreremos de la mano de Caín, el primer ateo pensante y detractor de la doctrina suprema. El juicio es inapelable: un dios rencoroso, que odia y envidia, que hace la guerra y mata niños (peor que guardería del imss), un individuo o lo que sea, que no merece ser nombrado dios, porque deja a la sombra el digno trabajo del diablo.


Hoy es el último día de éste 2009, de la década. Buen momento para diquelar, aunque sea un momento, si a estas alturas de la evolución humana es justo que nos sigan gobernando libros inventados por hombres que firman con la tinta de la sangre y se autodenominan sagrados, para patrocinar guerra, muerte y desigualdad.


Sólo un momento para pensar, 31 de diciembre de 2009, o 2010 o 2011, nunca estará de más hacerlo. Gracias Saramago, un autor cuya sabiduría y límites de la literatura (aún desconocidos) ni dios padre podrá detener.





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