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En 1965 se anunció la visita de los Beatles a la Ciudad de México, Brian Epstein ya había visitado el Distrito Federal y ya se habían afinando los detalles para esa presentación en el Toreo de Cuatro Caminos, sin embargo el Regente de la Ciudad no concedió los permisos necesarios para el concierto por las probables consecuencias negativas de esos “afeminados” en la juventud mexicana.

Esperando a los Bitles no es precisamente sobre lo que sucedió en ese momento, sino lo que ocurrió después con un fanatismo por algo que nunca se concretó, por la espera que desembocó en más de 50 grupos símiles de los Beatles, montones de clubes de beatlemanos y beatlemaniacos, más de 200 covers realizados en todos los géneros solamente en México y un programa dedicado a los Beatles en Universal Stereo que ya le perdimos la cuenta de la cantidad de años que lleva al aire.

La espera continúa a través de los símiles de la ilusión, primero con todas las bandas precursoras del rock mexicano que abiertamente copiaron, reversionaron e hicieron suyas desde las canciones hasta las estructuras y las portadas de los discos del cuarteto de Liverpool, posteriormente con ese programa de radio que indudablemente ha colado de una u otra forma en la memoria colectiva de los mexicanos la música de los Beatles a lo largo de varias décadas y más adelante con los fanáticos que viven en esa vana ilusión de que “Los Bitles” algún día vendrán.

La película es sobre esas personas, los beatlemaniacos, lo coleccionistas, los amantes de la memorabilia, la música, las reuniones de los clubes de fanáticos, las presentaciones de Tony Sheridan (que junto con el recién fallecido Billy Preston tiene el reconocimiento de colaborador Beatle), la ansiada visita a Liverpool y The Cavern (lugares más que sagrados para los protagonistas del filme) y la Academia de los Beatles, la única en su especie en América Latina y que no sólo tiene clases de música e historia Beatle, también cuenta con una lección de la raíz Beat y la correcta pronunciación del nombre del grupo (aunque en toda la película escuchamos Bitles).

Tal vez Esperando a los Bitles pierde ese punto sobre las consecuencias generales en la música en México por esa visita que nunca ocurrió, se centra en exceso en las particularidades y nos brinda muchos momentos innecesarios, especialmente demasiados minutos de recorridos en pasillos o traslados de un lugar a otro. Tal vez se pierde en el brillo del fanatismo de los protagonistas y los propios realizadores, pero para aquellos que entienden que significa ser maniaco de un grupo (obsesivo-compulsivo como lo explica el presidente del club de fans All Together Now) o sienten la música de esa banda como una religión, disfrutarán bastante los primeros 60 minutos, los siguientes 29 ya no les preocuparán tanto si logran comprender como ha formado nuestra mente esa probabilidad que nunca ocurrió y que hasta la fecha parece ser una espera interminable.

La película se exhibe en el marco del festival de cine Distrital.





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