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Lanzo primero la premisa, enseguida la sustento:

Los escritores difícilmente se integran con éxito en otras disciplinas artísticas.

Juan Rulfo es una excepción reconocida a nivel mundial. Con dos obras que van más allá de la genialidad literaria (El llano en llamas y Pedro Páramo), a Rulfo le dio tiempo para documentar México no sólo a través de su narrativa símbolo del tradicionalismo nacional, sino también mediante la fotografía, de la cual fue un máximo exponente.

Jack Kerouac, el rey de los beats, es el ejemplo de lo mencionado con firmeza en nuestra premisa. Novelista y poeta que fue brillante y revolucionario, pero pintor mediocre y poco reconocido.

Al igual que Kerouac, algunos otros escritores han probado la frustración en la pintura, la escultura y hasta en el cine. Su especialidad para trascender se oculta tras el orden de sus palabras y no en creaciones de otra naturaleza.

El producto del escritor es tangible, así que también es extraño el autor que pretenda hacerse de otros recursos artísticos; su límite radica en la posibilidad de combinaciones de letras y palabras, por lo cual siempre tendrá oportunidad de crear y recrear. No conoce la fugacidad ni para trabajar ni en la permanencia de su obra, pueden tener tantas interpretaciones como lectores, opuesto a aquellos cuyo arte vive y muere en un escenario.

En este año, México ha recibido a algunos de estos últimos.

Jessica Lange, actriz ganadora de dos premios de la Academia, presentó en junio una exposición que a simple vista se puede advertir como el trabajo de una especialista de la lente. Cincuenta y tres instantáneas, blanco y negro, con calidad digna del Museo Archivo de la Fotografía, sede que albergó la muestra. En septiembre, Lange y su trabajo gráfico viajaron al Museo Niemeyer de Asturias.

El siguiente en la lista es Marilyn Manson, quien exhibe 30 acuarelas en el Museo del Antiguo Colegio de San Ildefonso. Angustia y dolor se perciben en sus cuadros presentados por el mismo músico el pasado 3 de noviembre, cuando se dejó ver sin el maquillaje y la vestimenta que normalmente acostumbra para sus actuaciones como cantante de metal.

Y, aunque lo suyo lo suyo sea el “merol”, Manson no es malo frente al lienzo, por el contrario, deja ver destellos de lucidez pictórica y marca notablemente un estilo.

Por último, con menos bombos y platillos, aparece el guitarrista de los Yeah Yeah Yeahs, Nick Zinner, que el 4 de noviembre inauguró una exposición de fotografía en la Vice Gallery de la Colonia Roma.

El joven músico expone imágenes que documentan las presentaciones de la banda neoyorquina desde un lugar privilegiado. Mucho más cercano a lo que hacen fotógrafos como Fernando Aceves que a los retratos profundos de Lange.

Tal vez en busca de una inmortalidad artística tangible o, simplemente, por el gusto de ampliar horizontes, los artistas que suben al escenario han encontrado escaparates que les permiten llegar de otra forma al público y plasmar lo que en dos horas sobre el escenario resulta tan complejo: la trascendencia.

Cualquiera de estas expresiones se reconoce, siempre que vayan acompañadas de talento y no sólo de nombres adquiridos por otros medios.

Al menos quien redacta se siente sorprendido de firmar la siguiente premisa, que complementa el preámbulo de la presente columna:

Mejor pagar por un Manson que por un Kerouac.





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