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Tomás Segovia, vate excepcional, académico, traductor de la más elevada fineza y último poeta del exilio, como lo describió el periódico español El País, partió del mundo terrenal el 7 de noviembre para asegurarse un lugar en el paraíso de la palabra. Alcanzó a escribir una última entrada en su blog, un poema inédito: “Tendría que aceptar que me reprochen/ Si es que puede nacer ese reproche/ que siempre haya esperado mucho más que buscado (…) Que haya alterado yo tan poco el orden/ A pesar de haber sido tan poco resignado”.

Estará Segovia departiendo con Eliseo Alberto, quien falleció el 31 de julio pasado. En su última colaboración en Milenio Diario, el escritor parafraseó a Neruda a modo de adiós: “Queda prohibido llorar sin aprender, /levantarte un día sin saber qué hacer, /tener miedo a tus recuerdos. /Queda prohibido no sonreír a los problemas, /no luchar por lo que quieres, /abandonarlo todo por miedo, /no convertir en realidad tus sueños. /Queda prohibido no demostrar tu amor. /Queda prohibido dejar a tus amigos. /Queda prohibido olvidar a toda la gente que te quiere”.

El rapero Heavy D murió el martes pasado a la edad de 44 años. Se tomó la libertad de dejar un último mensaje en twitter. Lo último que escribió antes de que su corazón le abandonara a su suerte fue “¡INSPIRENSE!”, una despedida digna de alguien que quizá presintió lo que venía y se iba en paz de este mundo.

Miguel Ángel Granados Chapa tuvo a bien plasmar un mensaje de optimismo en su última columna para el periódico Reforma, el 14 de octubre, dos días antes de que la enfermedad pusiera punto final a su carrera y vida periodística, que eran una sola: “Es deseable que el espíritu impulse a la música, y otras artes y ciencias y otras formas de hacer que renazca la vida, permitan a nuestro país escapar de la pudrición que no es destino inexorable. Sé que es un deseo pueril, ingenuo, pero en él creo, pues he visto que esa mutación se concrete. Esta es la última vez en que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós”.

Podríamos seguir así por un rato, pero quedó más que expuesto el punto. Aunque también hay ironías que la vida nos muestra y hace pensar que su sentido del humor es más bien tétrico, y poco contagioso.

Francisco Blake Mora tenía una cuenta de twitter que no actualizaba con mucha regularidad. Murió como Secretario de Gobernación en un accidente aéreo al desplomarse el helicóptero en que viajaba el pasado 11 de noviembre, dicen que como a las 11 horas (11/11/11, como a las 11). El 4 de noviembre había escrito, el que a la postre sería su última intervención pública en la red social:

“Hoy recordamos a Juan Camilo Mouriño a tres años de su partida, un ser humano que trabajo en la construcción de un México mejor”. Juan Camilo Mouriño murió el 4 de noviembre de 2008, era Secretario de Gobernación. Accidente aéreo.

Más atrás en el tiempo, encontramos algunos ejemplos que se extraen del libro Presencia de lo Invisible (Taurus, 2011), del escritor y editor Ignacio Solares:

El asesino ruso Vladimir Keroukian fue instado a abjurar contra el demonio previo a su ejecución, a lo que contestó: “No creo que sea éste el mejor momento para hacerse de enemigos”.

Reconocido poeta y ensayista, Walt Whitman, murió el 26 de marzo de 1892, sin encontrar mejor expresión como última que un “Mierda”. Inmediatamente después de haber pronunciado tan singular despedida, dejó de existir.

Presencia de lo Invisible es una colección de ensayos sobre la relación de personajes destacados en la historia de las letras, la política e incluso la religión, con lo inexplicable. En sus páginas se describe a un Graham Greene suicida; el extraño caso de la resurrección de Santa Teresa; un Madero que gobernó guiado por el espiritismo, afición que también tenía Víctor Hugo; un Huxley muy cuerdo y a la vez afectado por los psicotrópicos…

Regresando a las frases y sin salirnos del libro de Solares, el escritor destaca una en el ensayo llamado “Los escritores y la muerte”, fue enunciada por Wittgenstein antes de morir, se la dijo a Maurice Dury:

“Te aseguro que la vida vale la pena de ser vivida hasta el final, suceda lo que suceda. Y esta conclusión me hace hoy profundamente feliz”.

Algo así como el último verso de En Paz, poema de Amado Nervo:

“Amé, fui amado, el sol acarició mi faz/ ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”





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