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El escritor Élmer Mendoza recuerda cómo fue que Daniel Sada (Mexicali 1953 – Ciudad de México 2011) dio con el nombre de su novela más aplaudida:

“El Dany venía de Mazatlán (a Culiacán) en camión de segunda; llegó emputadísimo, ni con una cerveza y unos burritos de machaca se le bajó la rabia. Caminó rumbo al sitio de taxis maldiciendo su suerte, al pasar junto a dos doñas que conversaban captó una frase que lo puso quieto y lo hizo creer en Dios: ‘porque parece mentira la verdad nunca se sabe’». (Extraído de 75 Historias en la Cabeza Retrato de Daniel Sada escrito por Antonio Beltrán, Revista Gatopardo 126).

Así era Sada, un estudioso del lenguaje, del que emanaba de los clásicos, de los bestsellers y del que se hablaba cerca del sitio de taxis.

Pocas veces el concepto “licencia poética” tuvo mayor sentido y mejor aplicación que con la obra del escritor norteño, quien falleció el pasado viernes 18 de noviembre al filo de las 23:00 horas, y es que su literatura no es de lectura ágil, sino detallada, descriptiva, amena, de elegancia cuasi griega, por lo que se ganó el apodo de autor barroco.

Enfermo pasó sus últimas horas, días y meses, desde el pasado abril, cuando la diabetes, que nunca ofreció tregua -ni Sada la buscó-, lanzó su fase más agresiva contra el organismo del narrador, poeta y maestro de la letra.

Murió el mismo día, valga la ironía rebuscada, que la Secretaría de Educación Pública lo anunciaba como ganador del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2011, galardón que se une al Xavier Villaurrutia (1992), el Nacional de Literatura (1999) y el Herralde de Novela (2008), por mencionar los más importantes.

Su herencia no será monetaria, porque la enfermedad desgasta exponencialmente no sólo la vida de los que la padecen junto al enfermo, sino también agota las cuentas bancarias y los ahorros de toda una vida, particularmente cuando se renuncia a todo para entregarle las horas más valiosas a la escritura, como lo hizo Sada. Su herencia será de escritura y escritores.

Sus alumnos, hoy gente de letras hecha y derecha, lo recordarán como el maestro estricto, sensei de la narrativa que les incitó a buscar, por el bien de la página, de los lectores y de ellos mismos, la perfección en su escritura.

La muerte de Sada implica el nacimiento de un autor de culto, cuyos títulos (Registro de causantes, Una de dos, Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, Casi nunca, A la vista, Los lugares, etc.) y obra que dejó sin publicar será celosamente buscada por quienes aprecian realmente el sentido y el arte que esconden los libros.

Sada fue, por decir lo menos, un digno defensor a ultranza de la palabra escrita.





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