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Dijeron que costaría unos 340 millones de pesos en diciembre de 2009, que estaría finalizada para septiembre del 2010, y que sería “un monumento que represente lo mejor de nuestro tiempo y nuestra visión del mañana”, cereza en el pastel para los festejos del bicentenario de la Independencia de México. Pero no fue así.

Estamos a cuatro meses de concluir con el 2011 y su construcción está al 53%, términos netamente arquitectónicos o de política demagógica, ya que cualquiera que haya pasado por las obras diría que va “apenas en el hoyo”; su costo se ha elevado en más del 160% y ahora los mexicanos pagarán, vía impuestos, más de mil millones de pesos, iva incluido, por la famosa Estela de Luz.

Los materiales para su construcción, además, son en su mayoría extranjeros. Se han traído de Brasil los paneles, que además no son de primera calidad, y de Bélgica el aluminio con el que se levantará la obra.

El escándalo de corrupción buscó culpables y los encontró en funcionarios públicos de la paraestatal III Servicios, sin embargo los intocables se mantienen así, Intocables. Quizá sólo haya costado alguna aspiración presidencial, pero no va más allá.

Pero el punto de ésta colaboración no es hablar sobre los culpables, los costos o la oscuridad tras la Estela de Luz, sino para preguntarnos si no es ésta una de esas maravillosas ironías con las que seguramente el tiempo y las circunstancias se divierten en sus ratos de ocio.

Escribió Francisco Martín Moreno en su México Mutilado –libro que aborda la impunidad tras la entrega de una gran parte del territorio mexicano por parte de Antonio López de Santa Anna–, recordando una opinión editorial publicada en el periódico Siglo XIX, que circulaba a mediados de aquella centuria en el país:

“No hay espíritu público o de nacionalidad entre todos nosotros. La ausencia de justicia ha conducido a la desmoralización, a la desaparición del patriotismo y a la apatía”.

A estas alturas la historia se ve bien representada, así como la memoria colectiva y la doble moral por el inexistente –hasta ahora– monumento de Paseo de la Reforma. La Estela de Luz es todo eso que los mexicanos han exhibido aún sin ser erigida.

Es la mediocridad de no poder haber sido acabada en dos años; es la corrupción y la deshonestidad de los funcionarios encargados del proyecto; es el valemadrismo de los espectadores que lo leen, lo ven o lo escuchan en las noticias, hacen un coraje, lanzan una mentada, y siguen de largo; es la impunidad y la injusticia en la rendición de cuentas. Pero también es la historia del México de los últimos 200 años.

Englobemos esos conceptos, hagamos autocrítica y no nos sintamos ofendidos.





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