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Si un rockumental no logra que quieras retomar cada disco de un grupo, es un rockumental fallido. Pearl Jam: Twenty no es el caso, definitivamente quieres sumergirte en la discografía nuevamente, en particular el disco Ten.

Tal vez podríamos quejarnos de la duración de la película, sin embargo la síntesis de esas 1600 horas de película se justifican cuando entiendes que en Twenty el director Cameron Crowe verdaderamente nos instala en la tumultuosa relación entre el arte y la comercialización que ha logrado definir a Pearl Jam y, en particular, al vocalista Eddie Vedder.

Lo que nos brinda Crowe no se ajusta al documental convencional, el que se vuelve una lucha de egos iluminados por el formato de una película. Al contrario, con las entrevistas de PJ20 obtenemos a un grupo expuesto y a una serie de personas que han hecho lo posible por no dejar de perder el sentido dentro de la fama, incluso si eso significa tomar medidas que los hacen infames ante los medios, las corporaciones o los seguidores menos comprensivos.

La verdadera intriga con la película es el espectro de Andrew Wood, el enigmático vocalista de la banda previa a Pearl Jam, Mother Love Bone, quien falleció por una sobredosis en 1990. Wood deja caer su sombra, pero no de la forma negativa que nos haría recordar a Metallica, The Who o Led Zeppelin, surge al principio y al final, cerrando una especie de círculo sobre Pearl Jam de manera sensible y positiva.

Realmente Crowe pasa poco tiempo en los detalles de como alcanzó la fama el grupo, que es comprensible debido a los 20 años que se deben cubrir en dos horas, pero nos lleva a momentos imprescindibles detrás del video de Jeremy, los explosivos conciertos, la rivalidad Pearl Jam–Nirvana creada por los medios, el enfrentamiento con Ticketmaster, las 9 personas que fallecieron en el festival de Roskilde en Dinamarca y la forma en que cada integrante fue evolucionando con el fulgor de la fama, por supuesto también pasa por el extremo uso de la palabra grunge.

Crowe respetablemente concreta su trabajo tanto como contador de historias como obsesivo archivista musical, convierte a PJ20 en algo que va más allá de las historias del rock, al menos las convencionales, no hay promesas, no hay tragedias que sean el centro de todo, no hay grandes tristezas o formas ególatras para que el público odie. En muchas maneras, como explicó el director, es “una historia difícil de contar porque tiene un final feliz y eso ni siquiera es un final”.





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