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En el circo de freaks que se extiende en todo lo ancho que es el mundo, no existe especie más carismática que nosotros, los periodistas. No es necesario que el resto de la humanidad coincida con esta afirmación: nosotros lo sabemos de antemano. Somos tan agudos, tan sagaces, tan inteligentes. Nuestros puntos de vista son de una importancia tan arrolladora, que merecemos las miradas de admiración del resto de la raza humana y la envidia de otros periodistas menos dotados de nuestra asombrosa capacidad intelectual (aunque su errónea perspectiva les haga creer que ellos son el diamante que resplandece entre los demás brutos que ejercen la profesión).

Solo existe algo más grande que un periodista: el ego de otro periodista. Aceptémoslo, sin el encanto narrativo de nuestra pluma, y nuestras siempre interesantes crónicas escritas en primera persona, los diarios y revistas estarían llenos de notas tan grises como la impresión del papel periódico con el que se envuelve la fruta y el pescado.

Lo importante no es el hecho, somos nosotros. No es relevante que en un municipio de Michoacán, asesinen a los comuneros que defienden sus bosques de los talamontes. Tampoco que, en un país de Oriente, un dictador sea linchado por los enfurecidos rebeldes. Lo verdaderamente trascendental, en todo caso, es que estuvimos ahí, no tanto para hablar del qué, del cómo, del quiénes; sino para hablar de lo que más nos gusta: de nosotros. En la jerarquía noticiosa del periodismo narrativo, lo que debe destacar es lo mal que pasamos la noche en un campo de refugiados, nuestro arranque de mal humor contra el chofer extranjero que se negó a llevarnos a la zona de conflicto, el sabor rancio del atún caduco que cenamos anoche después de tres días sin comer, la lágrima que escapó de nuestro ojo tras la visita a un hospital donde atienden a niños desnutridos. Y si queda algo de espacio disponible, agregamos los datos duros, los acontecimientos históricos, las entrevistas a esos otros personajes menos importantes que nosotros, ya saben: funcionarios, gobernantes, líderes estudiantiles… ciudadanos.

 

Nuestra opinión es irrebatible. Con agudeza escribimos nuestra interpretación de la realidad en columnas y blogs donde es indispensable que aparezca la foto que nosotros mismos tomamos con la WebCam de la computadora y en la que refulge el brillo inteligente de nuestros ojos. Enarbolando la libertad de expresión, abarcamos todos los temas. Cuando nos ponemos serios, somos combativos contra esos mediocres funcionarios de mierda que no merece este país. Pero si amanecimos juguetones, hablamos de nuestro maravilloso paseo en bicicleta de esta mañana, nuestros traumas por nuestro pasado de niño obeso y victima del bullyng, o la exquisita comida que disfrutamos en casa de nuestros amigos escritores, artistas plásticos y/o actores con conciencia social. Temas que, por supuesto, interesan a todos nuestros lectores. Comprobado.

En la vida fuera de la redacción, no hay nada más encantador que una tertulia que se vea bendecida por la presencia de uno o varios periodistas. ¡Qué duelo de inteligencias! ¡Qué manera de esgrimir nuestros sesudos argumentos! ¡Qué apasionantes son las anécdotas con las que acaparamos la conversación! No hay una palabra, una frase, un concepto que salga de nuestra boca aromatizada con alcohol, que no sea un derroche de ingenio y profundidad analítica magnificada por el kilometraje de lecturas, viajes, experiencias y discos que hemos acumulado en nuestro apasionante oficio. Dichosos los mortales que tienen oportunidad de convivir con nosotros.

Nuestra monumental importancia nos legitima para ningunear, pendejear y minimizar a cualquier colega que no sea nuestro carnal…o al chico nuevo que realiza su servicio social en nuestra redacción. Ese pequeño mediocre que piensa que escribe aunque nos esforcemos en recordarle que nunca, jamás, tocará con sus dedos las cumbres doradas a donde nosotros hemos llegado. ¡Ey, tú! ¡Estudiantito! ¿Ya terminaste la transcripción de mi entrevista? Por que necesito que en cuanto acabes con eso me ayudes a poner orden en mi base de datos y posteriormente vayas a recoger unos documentos que me urgen… ¡y vayas a la cafetería por un americano y una baguette de jamón de pavo! ¡Apúrate, güevon!

¡Ah! No cabe duda que somos encantadores.

 

Tatiana Maillard es editora y reportera en la revista Emeequis. Ha colaborado en publicaciones como Dónde ir, Expansión y Resonancia Magazine. Es egresada de la Escuela de Periodismo Carlos Septién y es conocida en los bajos mundos como «La loca de los gatos», aunque no existe un diagnóstico clínico que ponga en duda su salud mental…todavía.





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