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Sin duda más de algún filarmónico habrá deseado ésta condición, que quien escriba sobre música haya tocado un instrumento en algún momento de su vida. Es una condición interesante que luego de estar reflexionando llego a la siguiente conclusión:

“Depende mucho del género musical sobre el cual se escribe”

He tenido oportunidad de leer trabajos de periodismo musical tanto de gente que toca como de periodistas que simplemente aman la música y ambos tienen valiosas contribuciones.

En el Pop, Rock, Blues, existen personas que, aunque no toquen ningún instrumento, han escuchado y aprendido a amar los géneros desde muy jóvenes. Eso les ha permitido tener un acervo cultural muy amplio. Con ello tienen manera de reconocer influencias entre artistas, evoluciones estéticas en su discografía. Incluso si se conocen detalles biográficos del intérprete en cuestión, se llegan hacer inferencias de cómo la realidad del músico se refleja en su trabajo.

Ahora bien, si hablamos de géneros musicales no tan convencionales, como puede ser el jazz o la música académica -esta última, como su nombre lo dice, es la que se cultiva en instituciones educativas musicales como las universidades y los conservatorios-. Estos géneros demandan tener un conocimiento más especializado de teoría musical, historia de la música y muchas veces implica conocer también sobre rítmica, escalas y armonía.

Cuando hacemos una crítica sin tener los antecedentes necesarios sobre un estilo, se puede caer en el error de decir: “Eso no es música, es puro ruido”. Es verdad que pudiera parecer ruido si no existen conocimientos previos de conceptos como música electro acústica o música concreta. Fue la reacción de un servidor cuando escuchó Revolution 9 de The Beatles hace como 25 años. No fue hasta que estuve en la universidad estudiando música cuando me enteré de compositores como Pierre Schaffear o John Cage que entendí que existe toda una escuela detrás de éste tipo de obras musicales.

 

Igual me ocurrió con el jazz, yo no entendí el trabajo de Miles Davis hasta que tuve oportunidad de tocar el género y entender el encanto de la improvisación. Esto también sucedió cuando me metí a estudiar música de manera formal.

Ahora bien, yo no soy ningún virtuoso de la trompeta pero he escuchado suficientes trompetistas para apreciar el trabajo del mencionado Davis. Tampoco conozco de principio a fin las composiciones de Karlheinz Stockhausen para entender el concepto de composiciones musicales en donde no hay ritmo, melodía ni armonía en el sentido convencional de la palabra.

Es decir, no es necesario ser un especialista en materia. Los especialistas muchas veces escriben en publicaciones de índole académica dirigiéndose a otros especialistas. Para escribir a un público más amplio, es suficiente con tener algunas nociones para entender éstos géneros. Aunque debe mencionarse que a veces necesario hacer algo de investigación de autores y obras antes o después de acudir a un concierto.

La pregunta clave aquí es “¿Estoy condenado a disfrutar ciertos géneros musicales solo si tengo conocimientos previos?”. Yo diría que no, nuevamente refiriéndome a los anteriores ejemplos, cuando de adolescente escuché Revolution 9 de los Beatles, no la entendí enteramente pero causó en mí sensaciones: extrañeza, miedo, interés, sorpresa. Lo mismo me ocurrió cuando oí un álbum en vivo de Miles Davis en París acompañado de grandes músicos como Chick Corea en teclados. No tuve una melodía de donde engancharme pero sin duda esas notas me dejaron con ganas de oír otros temas del artista.

De igual manera puedo citar ejemplos de amigos músicos o estudiantes de música que de niños no estuvieron expuestos a una amplia colección de compositores y géneros pero apreciaron trabajos de Beethoven o de Tchaikovsky la primera vez que los escucharon.

El verdadero arte sin duda nos mueve las entrañas, aún sin tener antecedentes del mismo.





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