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Encore, una historia de rock

por Pedro Escobar

Eramos poco más de diez mil los congregados a uno de esos rituales modernos a los que la industria llama de manera petulante: masivo. Para nosotros, los que todavía nos emocionamos con el anuncio de una nueva gira y pagamos de manera irresponsable el cheque de la quincena con tal de asegurarnos un boleto, asistir a uno de esos conciertos es alimento para el espíritu.

Ahí estabamos. Una multitud de peregrinos nocturnos, esperando que la última luz de nuestra catedral se apagara para entregarnos al culto de los guitarrazos y los designios de ese pastor oscuro llamado frontman. Habíamos esperado meses para destrozarnos la garganta cantando los himnos de Black Sabbath y elevar nuestro espíritu junto al humo de cigarros que flotaban sobre nuestras cabezas y formaba una densa nube en el Palacio de los deportes de la Ciudad de México.

Pero esa noche, estaba a punto de cometer una herejía. Mi corazón y mi espíritu no estaba en el escenario cuando Ozzy saltó al escenario. Mi emoción se encontraba en la butaca a mi lado izquierdo. La chica sentada al lado mío, también había ido sola al concierto y ése, era un pretexto magnífico para hacer plática. Pero iniciar con esa obviedad era bastante idiota, después de haberla observado en silencio por más de media hora, yo ya sabía que no esperaba a nadie,

Después de dos cervezas, –de las grandes, porque uno de los últimos concierto de Sabath amerita ciertos lujos–, por fin me animé a hablarle, justo cuando terminaron de tocar “Nativity in Black”: ¡Los dedos del guitarro están volando! ¿A poco no suena igualito que en el disco?  Tal vez fue la forma en que lo dije, o la sonrisa fanfarrona con la que acerqué mi cabeza a su oreja izquierda, pero ella me dio entrada: ¡Sí, no mames, suena increíble! ¡Tommy Iommi es un chingón! ¡Woooo!



Al paso de las canciones, los clásicos de Sabbath nos fueron haciendo uno solo. La misa oscura de los de Birmingham y los sermones paranóicos de Ozzy eran el pretexto perfecto para platicar un poquito entre canción y canción. Para cuando tocaron “Children of the grave” yo ya sabía que la chica de al lado, con chamarra biker, cabello largo rizado y piercing en la nariz, se llamaba Lucy y había esperado varios años por ver a Black Sabbath. Lucy venía de Querétaro, pero no iba sola, venía con unos amigos que estaban en la zona de pista por lo que tendría que irse antes del final del Encore, para no perder a sus amigos y el ride de regreso a su ciudad.

Tengo sentimientos encontrados cuando llegan las mejores canciones del concierto, el momento cumbre de la noche anticipa el final y el vacío que queda al regresar a casa. Cuando sonó el poderoso riff de “Paranoid”, el público enloqueció y todo mundo saltó de sus asientos. Lucy también se levantó apresurada, pero para salir de la fila, se despidió de mi con un beso rápido, que rosó la comisura de mi boca y con un breve abrazo se acercó para decirme al oído: “Gracias, me la pasé muy chido”.

Mientras el resto de los asistentes saltaban y bailaban como verdaderos dementes, yo quedé congelado, inmóvil, tratando de seguir entre la penumbras a la mujer que bajo los influjos místicos de Sabbath, me abandonó antes de la media noche.

Y se perdió entre la multitud, dejándome como un patético príncipe melenudo que pierde a su hermosa cenicienta rockera por no ponerse las pilas. Mientras tanto, Ozzy cantaba en el escenario: “I tell you to enjoy life, I wish I could… but it’s too late”.

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