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En días recientes, el rock nos ha dado dos grandes lecciones sobre el comportamiento humano. La primera es que el amor eterno ya no existe, y la segunda es que todos, absolutamente todos, tenemos un precio.

El rompimiento de la pareja presidencial del indie rock es una clara muestra de que el mundo musical no es ajeno a las pautas de los tiempos que corren. Cada vez nos es más difícil soportarnos y lamentablemente, cualquier edad es buena para un divorcio.

Lo que es un poco extraño en la separación de Thurston Moore y Kim Gordon (guitarrista y bajista respectivamente del grupo Sonic Youth) es su sistemática tendencia por antagonizar con la mayoría de los ideales que abanderaron hace 20 años. «Somos lo que odiamos en nuestra juventud» diría el poeta José Emilio Pacheco.

En el documental «The year the punk broke» un corrosivo y recalcitrante Thurston Moore llamaba a echar abajo al sistema boicoteando los productos y servicios de las grandes compañías transnacionales. La idea sonaba altamente inspiradora y coherente con la carrera de Sonic Youth. Sin embargo, hace unos años el mismo Moore comercializó una buena cantidad de sus canciones en la red mundial de cafeterías Starbucks a través de tarjetas pre pagadas

Lo terrible en devolverle la condición humana a nuestros ídolos es darnos cuenta que si ellos fallan a nuestras expectativas, nosotros también podemos fallar a las propias. En Estados Unidos es muy común que los padres reconsideren su matrimonio después de que los hijos han alcanzado la mayoría de edad, y ahora que la hija de ambos, Coco Moore ha rebasado los 17 de años, parece ser buen momento para anunciar que la chispa se ha apagado.

Algo un poco peor y bastante más desalentador es la razón de fondo en el regreso de los míticos Stone Roses. Muchos temíamos el regreso de la banda de Manchester debido a la sospecha de que el dinero sería el único pegamento capaz de reparar una amistad destruida y doblegar los gigantescos egos de estos mostruos del rock.

Dicen que después de los 30 años, la música, o al menos la pasión por hacer música ya no existe, lo que existen son los negocios porque el rock envejece pronto y captura una parte de nosotros que pretendíamos inmaculada.

Romper la frágil burbuja que protege a nuestros héroes del resto de vicios y tragedias que acompañan nuestra vida diaria es una desilusión difícil de afrontar.

Y es que querer a una banda por todo lo que representa es algo parecido al amor intenso por una persona. Uno ama de forma egoísta, porque muy en el fondo, desea que el otro nunca cambie, nunca deje de hacer lo que nos gusta y renuncie a las cosas que nos encantan de ellos.

Aunque claro, eso signifique dejar de ser humanos.





2 Comments to Las frágiles convicciones del rock

  1. Me hiciste recordar un momento bien honesto en Amazing Journey: The Story of The Who, donde Roger Daltrey le dice al que lo entrevista «sólo queríamos ser ricos» y gira la cabeza unos centímetros para mirar directamente a la cámara para decirnos a los que vemos el documental «gracias».

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