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Gustavo Cerati fue una combinación de talento, visión, genialidad y perfeccionismo, pero como toda mente creativa, también fue un artista atormentado por su propia vanidad y soberbia. En Cerati, la biografía, el periodista Juan Morris intenta hacer un retrato del hombre y la leyenda, mostrándonos las hazañas de quien es considerado por muchos la máxima figura del rock latinoamericano, desde sus orígenes hasta las últimas horas de su vida.

El trabajo publicado bajo el sello Penguin Random House ha causado controversia desde su publicación. Benito Cerati, hijo de Gustavo Cerati, ha declarado que la biografía de Morris no cuenta con el visto bueno de la familia y en la prensa escrita ha sido fuertemente cuestionada, principalmente porque el autor nunca conoció a quien fuera líder de Soda Stéreo.

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El autor es un periodista argentino especializado en la fuente musical y colaborador regular de publicaciones como Rolling Stone, Gatopardo y Esquire. Morris ha defendido su trabajo alegando que Cerati La Biografia, es el resultado de 4 años de trabajo de investigación y charlas con familiares, ex parejas y amigos del cantante, principalmente con Lillian Clarke, madre de Gustavo.

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A través de un tono y un ritmo propio de una novela, y una voz narrativa en tercera persona, Morris inicia y termina su recuento biográfico en el mismo punto: la antesala del Accidente Cardio Vascular que sufrió el cantante, tras el show del 15 de mayo de 2009 en Caracas, Venezuela, último concierto de la gira promocional del disco Ahí vamos. A partir del incidente, que le indujo al coma y la muerte cerebral, Morris comienza a contar la historia de la familia Cerati, desde la migración de su abuelo desde Italia.

Según el libro de Morris, la situación acomodada de Cerati le permitió pasar de largo los problemas políticos y sociales de la Argentina de los años setentas y ochentas como tema de inspiración. Las ventajas económicas de su familia le permitieron acercarse a la música a través de los discos de vanguardia que su padre, un ejecutivo de la firma petrolera ESSO le traía de sus constantes viajes al extranjero.

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Su gusto por la música de vanguardia fue natural, aprendió a tocar la guitarra en su infancia y según relata Morris, solía ofrecer shows en las reuniones familiares. Ahí comenzó a aficionarse al perfeccionismo y a ser el centro de atención. Nada extraño para el único hijo varón de la familia.

Sus primeras influencias fueron los discos de rock progresivo europeo, posteriormente el sonido de ska y punk rock de The Police, de quienes comenzó a aprender música copiando los riffs de guitarra que escuchaba de adolescente acompañado de sus amigos de la facultad, donde estudiaba publicidad.

Como toda figura musical, Gustavo Cerati pasó por una infinidad de grupos hasta encontrar la fórmula ganadora al lado de Charly Alberti y Zeta Bocio. Con Soda Stereo experimentó un crecimiento meteórico, en tan solo un par de años, el grupo pasó de tocar en fiestas privadas y discotecas a llenar su primer estadio.

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El libro de Morris abunda en detalles de la vida común que perfilan algunas de las obsesiones de Cerati, como su fijación por el perfeccionismo, que le hacía trabajar hasta 36 horas seguidas en su estudio. O su gusto por las mujeres hermosas, tema al que Morris le dedica una gran cantidad de páginas. El autor hace un recuento de las múltiples parejas del cantante, a las que de manera unilateral solía abandonar cuando se acercaban a los 30 años. También perfila algunas fobias del cantante, como su pavor extremo a heredar la calvicie de su padre, su culto a la apariencia física y su miedo a la vejez y a las enfermedades crónicas (su padre murió de cáncer de pulmón).

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El libro recapitula el ascenso de Soda Stereo como la banda que dominó la escena musical latinoamericana en los ochentas y los noventas, su triunfo en Perú, Argentina y finalmente en México, así como su tibio éxito en Estados Unidos y su rotundo fracaso en España.

La segunda parte del libro relata la desintegración de Soda y los orígenes de su carrera solista, sus incursiones en la música electrónica y sus amargas experiencias con discos como Amor Amarillo y Siempre es Hoy, en los que el cantante, acostumbrado a que cada nueva canción se convirtiera en un éxito inmediato, tuvo que enfrentar críticas adversas y la rechifla de los fans de Soda que al principio, no entendieron sus intereses en la música electrónica y los sonidos de vanguardia.

Sin abordarlo explícitamente, Morris deja ver algunos de los puntos flacos de Cerati como artista total. Particularmente sus limitaciones como letrista y narrador. Resulta un tanto decepcionaste que algunas de las líneas más abstractas y memorables en las canciones de Cerati hayan sido obra de sus amigos, familiares o trozos de frases hechas que Gustavo encontraba en algún diario o en algún programa de TV. Un ejemplo es la línea: “Poder decir Adiós es crecer” que muchos atribuyen al cantante, pero que en realidad es una aportación de su hijo Benito Cerati, escrita cuando apenas tenía 11 años y cursaba el sexto año de primaria.

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A lo largo de más de 300 páginas, la frase que más repite Morris es “la máxima figura del rock latinoamericano”. Es cierto que Gustavo Cerati cuenta con los méritos suficientes para ser considerado un genio musical a la altura de Charly García y Santiago Auseron y probablemente no es una exageración definirlo como un genio musical. Sin embargo, el autor se decanta por su admiración por el argentino y contruye un culto a la personalidad en el que no cuestiona ni asume completamente su papel de periodista.

Morris concede algunos rasgos de Cerati que lo llevaron a la muerte, como su debilidad por las mujeres jóvenes, su adicción al cigarrillo y su afición por las fiestas con amigos a los que doblaba la edad. Sin embargo, no se atreve a abordar o a desmentir los grandes escándalos de su vida, como su adicción a la cocaína y su uso indiscriminado del viagra, al que varias fuentes argentinas señalan como factores adicionales que condujeron a su muerte.

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La crudeza es una virtud de las buenas biografías, una característica que permite desnudar a los hombres detrás de los ídolos. Lamentablemente Morris no se atreve a ejercer una evaluación crítica de la obra musical de Cerati, ni a abundar en los abismos y demonios con los que tuvo que batallar el argentino a lo largo de su vida.

Otros periodistas como el español Nando Fernández en su magnífico “Una semana en el motor de un autobús: La historia del disco que casi acaba con Los Planetas” o artistas como Kim Gordon y Anthony Kiedis en sus respectivas biografías firmadas a título personal han acudido a la crudeza y el humor negro para desmitificar su propio personaje.

Cerati, La biografía de Juan Morris es un libro que vale la pena leer para conocer la historia detrás del ídolo argentino, pero definitivamente se queda corto en los matices que un personaje del calibre de Cerati puede aportar como tema de inspiración e investigación.





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