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Fotos: Abigail Uribe

La noche del sábado pasado experimenté una sorpresa muy grata. Fui a Morelia, vi su catedral, el acueducto y las neverías mientras «madereaba» (así le dicen allá a andar por la Calle Madero y pues uno se acuerda del Madero del DF, ahora ya tan atiborrado) en no más de una hora. Yo y mi acompañante nos perdimos un rato tratando de encontrar un teatro de nombre tan largo que lo olvidamos nada más nos lo mencionaron. Al final lo encontramos entre los muchos edificios coloniales de una ciudad que a diferencia del DF, cuenta una historia más en armonía. Muestra de eso fue lo que vimos entonces: a Durazno Sangrante, con todo y el guiño a Spinetta, pero también a un montón de otros compositores, con o sin nombre, que se recuerdan al escuchar a esta banda.

Yo los había visto antes, en un pequeño set de cinco canciones en el Chopo. De aquello no ha pasado ni un año, pero la manera en que la banda ha crecido es sorprendente. Entonces vi una banda de músicos capaces, que conocían sus herramientas pero no quedaba claro hacía donde las dirigían; su energía y manejo del público era admirable, sobre todo cuando tomamos en cuenta que la mayor parte del público como yo, entonces conocía por primera vez esas canciones. Tal fue la respuesta que la gente les pedía autógrafos y fotos. Entonces, cuando nos dirigíamos al teatro en Morelia, yo creía tener claro que iba a ver; si, quizás iba a estar un poco más pulido y la producción del disco se iba a notar pero iba a ser algo muy parecido. Pues no. Al ver el escenario me sorprendió ver una jarana y un acordeón, elementos que nunca asomaron en lo que vi antes y que no se me ocurría como iban a hacer encajar en ese rock tan de guitarras distorsionadas y potencia.

Antes vimos el show de Stereoscopio, una banda que parecía venir de un pasado no tan distante pero ya en el pasado. Es a veces injusto como el tiempo trata a la música que tanto nos gusta; sobre todo cuando es uno quien la escribe. Ya hacía las ocho de la noche aparecía Durazno Sangrante, con la obvia aprobación del público, entre amigos, familia y el valioso público en general. Junto a ellos aparecieron otros tres músicos: un multi instrumentalista, una cantante y un DJ. Este último encargado de los efectos y las muestras que hicieron al show de tanta calidad. Sobre un estribillo que le da nombre al disco, «Despega», la banda tocó su versión de «La Petenera», una canción popular de esa zona del país. Entonces ya tenía sentido donde iban a caer las cuerdas de la jarana. El estilo de Durazno Sangrante había logrado la mezcla entre su tradición mexicana y el rock de guitarras; el oxímoron exitoso mostraba con orgullo sus distorsiones sutiles no por acto de la suavidad sino del ritmo y la expresión de los integrantes.


De la energía que se desbordaba pasamos a la suavidad de «Arena», que creció mucho gracias a la voz femenina logrando verdaderos momentos de emoción. Su composición mínima generaba algo parecido a un mantra que poco a poco nos cautivaba y al menos a mí, me hacía cantar.

Así, cuando nos dimos cuenta, Durazno Sangrante presentó las diez canciones de su disco más otras, incluyendo una versión muy original de las mañanitas, mientras el público seguía respondiendo aunque apenas conociera las canciones. Cómo regalo final nos entregaron su versión de «Yo vengo a ofrecer mi corazón», una canción que en sus manos cifra muy bien las características de Durazno Sangrante: su capacidad de componer, de transformar, de saber cuándo y dónde utilizar sus herramientas. Además, es muy grata sorpresa ver en estos días a una banda  que no sólo hace música, sino que tiene claro su origen y por lo tanto su dirección, que cuestiona su sonido en términos de origen cultural y no sólo la marca del sintetizador o de donde sacaron los samples. Bien por ellos.

Durazno Sangrante son Raul Reco, Lyan Luchowsky y Héricko Iron Days





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