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“No creo en dios y no me hace ninguna falta. Por lo menos estoy a salvo de ser intolerante. Los ateos somos las personas más tolerantes del mundo. Un creyente fácilmente pasa a la intolerancia. En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en dios, no lo necesito, y además, soy una buena persona”.

El día después de que una brillantísima estrella se despidió del mundo material, sólo para dejar su estela para la eternidad. Ayer, José Saramago, a los 88 años de edad, cedió ante la leusemia que le aquejó durante sus últimos meses. El escritor portugués murió en compañía de su esposa en su casa en la isla de Lanzarote, España.


“La más severa de las leyes de la naturaleza, es que tanto impone la vida como la muerte, que no te preguntó si querías vivir, que no te preguntará si quieres morir”, escribió Saramago en Las Intermitencias de la Muerte; y así fue para el portugués, que en sus propias palabras, comenzó a escribir porque no le gustaba el mundo en el que vivía, y al final, lo único que pudo alejarlo de su trabajo fue la muerte, hasta el último día de su vida Saramago escribía una novela.


Ganador del premio Nobel en 1998, nacido en una cuna tan humilde, como exquisito fue su estilo, como opulenta su sabiduría, como enorme su capacidad; ese fue Saramago, el de la dualidad, el que abandonó sus estudios sin acabar la secundaria por necesidad de ayudar a su familia, pero que se llenó de reconocimientos y que los Doctorados Honoris Causa le llegaban prácticamente por correo. Hoy el mundo debe entristecerse, no por la muerte del gran escritor, sino por nosotros mismos, que nos quedamos sin él.

Incursionó en la novela, cuento, poesía, teatro, crónica. Saramago sabía que “lo única cosa que dura toda la vida es la vida”, por eso hizo todo lo que quiso, defendió sus ideales y se volvió un dolor de cabeza para la cerradez que tanto rechazaba. El periodista, el escritor, el humano más que la persona, el irónico, el portugués, el español, el revolucionario, el inconforme, así era José Saramago, un artista en toda la extensión de la palabra, primer y único Premio Nobel de Literatura en leguna portuguesa.


Saramago deja un vacío enorme, imposible de llenar. El creador de historias tan divertidas como reflexivas. En 1991 escribió El Evangelio Según Jesucristo, novela con la que se internacionalizó. El rechazo de la Iglesia Católica fue inmediato: la afrenta de Saramago fue elegante, hermosa y razonable. La respuesta de la religión fue necia, intolerante y descalificadora (como cuando la ignorancia tiene que responder al conocimiento, sencillamente, no hay manera).


En un país ampliamente católico, Saramago se mantuvo en pie de lucha. “Dios es cruel porque es un invento del hombre” dijo alguna vez. Su arma, la más poderosa, la pluma. “Escribir no es otra tentativa de destrucción, sino más bien la tentativa de reconstruirlo todo por el lado de adentro, midiendo y pensando todos los engranajes, las ruedas dentadas, contrastando los ejes milimétricamente, examinando el oscilar silencioso de los muelles y la vibración rítmica de las moléculas en el interior de los aceros”, así expone su arte Saramago, en Manual de Pintura y Caligrafía.


Es gracioso ver como jefes de estado y otros líderes se deshacen en la búsqueda del mejor homenaje para el prócer. Tres días de luto proponen unos; un minuto de silencio multiplicado por mil, proponen otros; recepción con honores militares; tan pomposas. A Saramago no habría que llorarlo, habría que celebrarle una vida ejemplar, llena de amor, verdad, sacrificio y magnanimidad. Y hay que leerlo, que el homenaje se lo hizo ya él a la vida con sus letras.


Descanse en paz, maestro, José Saramago, grande entre los grandes.










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