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Desde hace algún tiempo tenía una inquietud, pero siendo bien honesto, me faltaban huevos para llevarla a cabo. Hasta que un día –con los huevos ya bien amarradostomé la decisión de irme a vivir a otro país.

Aclaro que la causa de esta medida no fueron los tres asaltos que sufrió el negocio donde trabajo, el último de ellos patrocinado por tres cabrones armados que hasta la camioneta de una clienta se llevaron. Tampoco fue por la vez que a un ladronzuelo de medio pelo se le antojó meterse a mi casa por la terraza una tarde que yo no estaba, dejándome sin mi loción Gucci, sin mi rasuradora eléctrica y sin un par de sudaderas bien chidas que con este frío ahora extraño.

La decisión de abandonar el país no la tomé por miedo, por haber perdido la fe en él o por salvar mi pellejo. No es algo personal en contra de México, pero sí es algo en contra de quienes se han adueñado de él a punta de pistola, por medio de negocios turbios y anteponiendo intereses personales antes que el beneficio –o equidad- de un mayor número de personas. Es algo en contra de todos aquellos que se proclamaron en favor del pueblo y olvidaron cubrir sus necesidades básicas y, aparte, exterminaron los valores que hasta hace poco nos mantenían siendo humanos.

Y no es que me haga la víctima y me exima del problema. Al contrario: acepto parte de la culpa como el ciudadano mexicano que soy. La onda es que vivir aquí me resulta parecido a  trabajar en una empresa en la que no estás a gusto.

Imaginen trabajar en una empresa en la que haces lo mejor posible tu trabajo y de nada sirve, pues los únicos que ven los beneficios de que te partas el lomo, son los dueños.

Sí: tú podrás estar satisfecho contigo mismo y dormir con la consciencia tranquila por hacer bien las cosas, pero siento que a veces eso no basta, pues la consciencia, creo yo, debe ser similar en una colectividad para vivir en un entorno sano.

Es entregarle tu tiempo a alguien que te lava el cerebro haciéndote creer que trabajabas para la mejor empresa del mundo, con la mejor gente, las mejores prestaciones y te hacen que la ames tanto como amas tu vida, para que termines entregándosela íntegra a ellos.

Esos dueños que te exigen que trabajes horas de más por el bien de la compañía pero no recibes paga por ese tiempo extra; ésos que te exigen que trabajes los sábados hasta después del medio día; ésos que te quitan parte de tu sueldo argumentando que es para que tengas un mejor futuro y que, aparte, les tienes que estar agradecido porque en cualquier momento te pueden dar una patada en el fundillo y dejarte en la calle para sustituirte por alguien más inepto o más necesitado que tú, al que podrán explotar más y pagarle menos para seguir ganando más y seguir llevando la compañía a la quiebra; quiebra que perjudicará a ti y a los de tu mismo nivel, pero nunca a quienes llevaron a la empresa a la bancarrota. Ah, y aparte, a ti te echarán la culpa por la quiebra.

A grandes rasgos, esa fue la razón por la que decidí irme de aquí. Porque creo que en este país la tierra ya no es de quien la trabaja, sino de quien te la quita o te la impone. Por lo tanto, como en cualquier empresa en la que uno no está a gusto, preferí renunciar y buscarle por otro lado. Tan sencillo como este escrito.

 

Gustavo «Guffo» Caballero es  monero, escritor y editor de publicaciones independientes. Ha colaborado como caricaturista político  y dibujante de tiras cómicas en el periódico El Norte. También ha sido editor de la revista mensual ¡#$%&! Cómics, proyecto ganador en el 2007 de la beca FINANCIARTE que otorga CONARTE a proyectos artísticos independientes. Su trabajo como escritor ha sido publicado en la antología «Escritores Seriales Antología 0.1» (2009)  y en el proyecto «Diarios de Fin del Mundo» (2009, 2010), publicado por el sello Kala Editorial. Desde el 2004 escribe con regularidad en su blog: www.guffocaballero.blogspot.com  y en su cuenta de twitter: @GuffoCaballero





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