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La importancia que jugaba la música en la vida familiar ha disminuido de manera considerable en los últimos 30 años. Yo recuerdo en mi niñez haber asistido a clase de flauta dulce –la cual detesté por cierto-, recuerdo haber sido parte del coro de mi escuela y sobretodo recuerdo que en mi casa mi mamá tocaba el piano y había por ahí un acordeón.

Ahora bien, fuera de mi núcleo familiar, en las casas de los abuelos, tanto paternos como maternos, siempre hubo tíos y tías que tocaban la guitarra y se acompañaban cantando en las reuniones. El repertorio, casi siempre aburrido para mi, iba desde Agustín Lara hasta Joan Manuel Serrat. Esto siempre se combinaba con rancheras de José Alfredo, normalmente con acompañamiento de tequila. Todo esto ocurría alrededor de 1980-1990 entre Puebla y Atlixco.

Me remonto ahora a los relatos del pasado de mi mamá y mi bisabuela. Mi familia extendida materna eran procedentes de Jalisco y Michoacán radicados en Ciudad de México. Mi madre me platica de las fiestas de cumpleaños, navidades y año nuevo donde la ponían a cantar acompañada por algún tío sentado al piano. Ya después la fiesta seguía con algún trio cantando boleros. Mi bisabuela que llegó a los 102 años contaba de las reuniones de una tal Tía Chuy que vivía en la colonia Roma, que durante los años 50 y 60 era famosa por las tertulias de piano y canto que organizaba en su casa, donde se decía que el mismísimo Pedro Vargas era invitado frecuente.

¿A dónde quiero llevar al lector con este viaje al pasado sin utilizar un Delorean? A una reflexión de lo que ocurre en los hogares mexicanos de los años 90 hasta nuestros días. Los niños que nacieron en la década del 90, no tuvieron ya el acercamiento a la música del que gozamos generaciones anteriores. De entrada sus padres, probablemente trabajando en pareja para resolver una existencia de clase media, ya no tuvieron el tiempo o la energía de procurarles actividades extra-escolares como son las clases de algún instrumento musical.

Los planes de estudio de la educación primaria, con el paso de los años han llevado las materias de educación musical de la mediocridad a la ignominia. Ya no es tan común que en las escuelas públicas exista un coro, es más ya ni siquiera rondallas o estudiantinas.



Los medios de comunicación masiva tampoco ayudan en donde la programación de las radiodifusoras es casi homogénea. En donde ya los Ángeles Azules hacen dueto con los artistas pop de mediana calidad y la popular música de banda se vuelven la oferta principal para el auditorio.

Sin embargo, el panorama no es tan oscuro. La música lleva cientos de años presente en la vida de la humanidad sin importar lugar y/o cultura. Hay momentos de luz en donde la inquietud de la gente por aprender música se despierta, puede ser por juegos de video como Rock Band, películas e incluso sesiones de Karaoke en los cada vez más recurrentes lugares de reunión después de la escuela o el trabajo.

Está claro que el Reggaeton o la música de Banda no ha permeado en la música de los jóvenes compositores, esto nos habla que quienes tienen una legítima curiosidad de creación musical se siguen remitiendo a grandes músicos del pasado.

El panorama actual no es favorecedor a la creación musical, pero si recordamos que gente como Messiaen escribió desde su encierro en un campo de concentración Nazi en la segunda guerra. Podemos afirmar que la luz musical seguirá iluminando el camino de futuras generaciones.

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