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En las últimas semanas se ha intensificado el papel de los procesos anti piratería en los gobiernos del mundo. Muchos habremos leído, visto, y compartido infinidad de propaganda en contra de la instauración de leyes como SOPA, ACTA, PIPA o la panista ya nombrada Ley Döring. Sin entrar en detalles, creo que es necesario pensar una vez más, en estos momentos, sobre los procesos experimentados relacionados con el compartir archivos por internet.

Cuántos de nosotros no soñamos con tener todos los discos o las películas o los juegos a nuestra disposición; discos, vinilos, cartuchos, cassettes, cintas, libritos, etiquetas. Hablo de ese tiempo tantas veces rememorado sobre todo por su cercanía; una especie de nostalgia de corto alcance, que puede hacernos recordar el valor que tenían este tipo de objetos, cuyo contenido invisible se trasladaba a su representación física.

Las preguntas muchas veces formuladas en este sentido son si la accesibilidad del contenido ha sido benéfica o si ha permitido que se haga «mejor» arte; lo que termina por caer en la democratización de las expresiones artísticas: el ruido ensordecedor que no permite separar lo valioso de lo mediocre.

Esta metáfora del ruido es muy útil porque nos permite darle forma a una problemática que antes no se veía. No es que no existiera. Es más, hay industrias enteras de entretenimiento cuya función, en teoría, es convertirse en ese filtro mágico. Desde luego, no funcionan porque la tarea es imposible, pero es un intento que terminó por definir la distribución de música en el siglo XX.

Esas industrias se encargaron de una u otra manera de organizar ese ruido que ahora vemos de frente y que nos inunda en marejadas de discos completos, colecciones de libros cuyo equivalente físico no cabe en un departamento y rollos de una película que no termina de desenrollarse y empezamos a creer infinita.

Lo que suceda con todas estas iniciativas u otras que vengan a ocupar su lugar, serán las que al final decidan hacia donde se dirigen estás dinámicas; si a esquemas como el de la radio, que sobrevive sobre todo por ese carácter de árbitro incansable o si el ruido comienza por tomar nuevas formas, como ya lo hace con sitios al estilo de The Hype Machine o Soundcloud, las bibliotecas a través de aplicaciones para tablets o curadurías de vídeo en línea.

¿Estamos listos para darle forma o filtrar el espacio de ruido que nos corresponda?





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