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Hay pocos lugares en la tierra donde el cielo se vuelve transparente y nos deja ver los cuerpos celestes. Irónicamente uno de ellos es el desierto de Atacama en Chile, donde los cuerpos más valiosos están bajo tierra. Esta es la situación que recupera Nostalgia de la luz, una película de Patricio Guzmán. Algunos cuerpos son objeto de estudio para arqueólogos en busca de material precolombino mientras que otros forman parte de los «desaparecidos» en la dictadura militar establecida por Pinochet a partir de 1973.

Patricio Guzmán es capaz de unir el espacio y el desierto a partir de la inmensidad y la búsqueda. Este y otros puntos de contacto propuestos por Guzmán hacen de su documental un ejemplo de poesía visual, donde la metáfora cuestiona el rechazo a la memoria, las practicas gubernamentales, el cliché que dice que dada la vastedad del universo todo problema humano es insignificante. Guzman parece decir, de una manera mucho mas elegante, que no hay aparato de medición para el dolor de estas mujeres que buscan a sus muertos.

Lo que resulta de este ejercicio es un retrato del Chile contemporáneo a partir de la memoria; un retrato que más allá de lo que se quiera hacer creer, sigue determinado por el genocidio, por un gobierno que llevado por el miedo asesinó a su propia gente. Las últimas cifras hablan de 40,000 víctimas, con historias, familias, vidas enteras como la de cualquiera de nosotros detrás. Sin embargo, pareciera que a veces se nos olvida que esas cifras no son inocentes.

Son justo expresiones como esta película las que nos dejan ver la magnitud del problema, la profundidad insondable de las heridas. Nostalgia de la luz (2010) no es un documento con caducidad. Su relevancia es quizás más intensa ahora en nuestro país donde no tuvo mucha divulgación y la insensibilidad ante la tragedia parecer ser la norma en los medios de comunicación.





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