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Jueves 10:30 a.m, Puebla, México. Ensayo con amigos y colegas para una tocada particular (fiesta, hueso o como quieran llamarle) de música de los Beatles. Ensamblamos el material, mucha de esa música la hemos masticado, digerido e incluso defecado por más de 15 años.

Alineación: Batería: Víctor Illarramendi, guitarra rítmica y voz: Marco Quintana, guitarra principal: Chucho Romero, fundador y guitarrista de la gran banda poblana Cuarto Blanco y su servidor en bajo y voz. Los nombres no son nuevos (al menos en Camote City). Las amistades más viejas aún. Lo bello aquí es el brillo en los ojos, el gusto de juntarse a tocar buena música, y aquí conviene apelar al verbo en inglés, alemán y algún otro idioma cuyo equivalente a tocar sea la palabra jugar.

La música sin duda es juego, Illarramendi y Romero llevan más de 30 años en la jugada, Quintana y yo vamos por los 15 en Eslabón y cada uno por su cuenta empezamos a tocar cinco años atrás. Comento esto no por alimentar mi ego sino para justificar este argumento:

 La música es un juego pero todo juego demanda un compromiso.

Podría parecer contradictorio porque normalmente el concepto “juego” va mano a mano con “diversión”, aún así la diversión sería fugaz si no implicara retos a vencer. ¿Ejemplos? Vayan al mundo deportivo: Football, Basketball, Baseball, Golf, Tenis.

 En la música el asunto no es distinto, aplaudimos al pianista que toca las obras de Rachmaninov pero en ocasiones no imaginamos las horas-hombre que el ejecutante dedicó a montar ese concierto.

Ahora bien, el compromiso no solamente es montar el concierto, es tener la entereza para seguir haciendo conciertos a pesar de las adversidades. La canción todos la sabemos:

“No hay apoyo económico, la gente no valora el trabajo del músico, no hay suficientes foros, etc, etc, etc.”

Podemos pasar el día lloriqueando y repitiendo siempre la canción, sin embargo esa no es excusa para no ser mejor. La música es supervivencia, es la lucha contra uno mismo, seguir en ella nos ayuda a descubrirnos y re descubrirnos continuamente. El secreto no son los problemas a resolver sino el cómo hacerlo.

Recurro a los nombres de mis amigos no porque aún seamos los grandes virtuosos, lo que quiero decir es que la lucha es lo nuestro. Este negocio no dá para que vivamos con lujos ni tengamos autos deportivos del año pero sí da para aquello que se afirma cada vez que nos reunimos a tocar, o al pisar el escenario, algo difícil de definir pero es cierta magia que nos hace estar seguros de por qué jugamos y por que seguimos luchando.

La música es disciplina, es soportar adversidades y entregarse al juego. Se parece tanto al concepto de la vida que a veces las confundo.





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