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El aplauso, tan ordinario en un espectáculo pero también tan necesario para el artista como reconocimiento y respuesta a su trabajo. Ese famoso batir de palmas, que se acostumbraba desde la Grecia Clásica, es la expresión de la audiencia de que notaron que algo sucedió en el escenario. En principio es como decir buenas tardes a un conciudadano que topamos de frente: un mero reconocimiento a su presencia.

Es muy raro que un público no ovacione al artista golpeando las manos abiertas, aún cuando no haya sido del agrado general. Por lo menos en México -en donde nos encanta ser amables- la ovación de pie es casi obligada, aún cuando la etiqueta dicta que sólo debe hacerse cuando el número presentado sobrepasó las expectativas del público.

El aplauso es tan natural que quizás su razón vaya más allá de corresponder al artista y es simplemente una buena excusa para crear un bullicio público. Más aún si lo acompañamos con vítores y gritos de alegría. No hay que olvidar que es una expresión tan primitiva que aparece en los bebés y los chimpancés.
El aplauso une a las masas, piense el lector en un estadio repleto para celebrar la actuación de un artista o un equipo de fútbol. Es difícil resistirse a no contribuir con nuestro par de palmas. Hay definitivamente un cierto gozo en aplaudir.

Para quien lo recibe supone un privilegio, un gusto, no es casualidad que al menos en nuestro cumpleaños seamos aplaudidos. El aplauso ocurre en bodas, quince años y hasta en funerales. Se nos aplaude en nuestros logros en la escuela y el trabajo, se aplaude cuando estamos muy contentos. Tanto que hay quien dice que se puede volver una adición el recibir el aplauso, una exaltación al ego. Se vuelve necesidad “El alimento del artista” dicen algunos.
¿Es importante el aplauso? ¿O es simple convencionalismo social? Sin duda es importante, sobretodo si es sincero. Para quien aplaude y para el aplaudido. Cuando el artista u orador recibe un aplauso sabe que logró una reacción en quienes lo escucharon, que en opinión de un servidor debería tener el mismo valor el abucheo, que por ser políticamente correctos rara vez ocurre.

Para el que aplaude también es importante, es en la mayoría de los casos la única participación que tiene la audiencia en el espectáculo. Lo más cercano a convertir un monólogo en un diálogo. Diálogos los hay cómodos e incómodos. Aplausos forzados son quizás el equivalente a comentar a una persona que huele mal. Aunque el aplauso forzado puede también ser un indicador de que existen áreas de oportunidad para mejorar el show.
Luego de algun tiempo de pisar distintos foros, se aprende a leer los rostros de la gente cuando el aplauso es por compromiso. El aplauso espontáneo generalmente se acompaña de una sonrisa o de una expresión relajada en el ceño de la persona, observe el lector la próxima vez que aplauda, la ligereza del movimiento de sus manos. Si bate las palmas con pesadez es probable que solo quiera quedar bien con el compañero de trabajo o escuela que lo invitó a escucharlo tocar un jueves por la noche.





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