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Junto con la noticia de que el pasado Viernes Negro montones de tarjetas de crédito alcanzaron el esperado reventón en compras (una ligera esperanza en plástico que vislumbra una salidita de la crisis), fue lanzado el Blakroc Chevy Camaro, un auto que ingenuamente quiero creer es un pretexto para el lanzamiento que inflará el ego de muchos crossovers.

De acuerdo con el comunicado de prensa en la página web oficial del coche, “el Camaro BlakRoc ha sido equipado con elegantes detalles que coinciden con las de la marca BlakRoc”, que no sólo promete velocidad con estilo, también trae de la mano (no sabemos quién sigue a quién) un álbum de The Black Keys colaborando con personajes pesados del hip-hop como Mos Def, RZA y Raekwon. Y porque nada dice mejor “este es un proyecto alterno de rap-rock” que un auto deportivo personalizado, ya puedes ir buscando los súper sónicos efectos de sonido incluidos en el elegante puerto USB que dará rienda suelta a la grandiosa colaboración.
Tomando en cuenta todo el revuelo que puede causar la palabra “marca”, el gurú detrás de Roc-a-fella y Blakroc, Damon Dash, no se preocupa mucho por está idea de sinergia entre música y velocidad que atrae compradores, mucho menos le interesa que no termine de gustarte el nombre o que el proyecto aporte algo más a ese maridaje que surgió con Aerosmith y Run DMC, alcanzó un grado supremo con Public Enemy Anthrax y se fue al hoyo cuando P. Diddy creyó que era una buena idea rehacer Kashmir de Led Zeppelin.
Lo que empezó cuando los dos integrantes de The Black Keys se encerraron a hacer música con el deseo de hacer sesiones experimentales y hacer tracks diferentes, se convirtió en 11 pistas instrumentales enfocadas al hip hop que serían cantadas por algunos raperos que conocían. Los primeros en llegar fueron Damon Dash y Jim Jones, quienes concretaron la alineación para el disco, el dreamteam del rap de los últimos 15 años: Mos Def, RZA, Raekwon, Q-Tip, Ludacris, Pharoahe Monch, M.O.P.’s Billy Danze, Jim Jones y el fallecido Ol’ Dirty Bastard, entre otros.
Estuvimos escuchando de ellos desde septiembre, viendo los webisodios de la grabación y de vez en cuando derrapando virtualmente en el Blakroc Chevy Camaro, pero finalmente tenemos en los oídos ese bastardo musical mutante parido a orillas del Missisipi y del Hudson, que a final de cuentas es una efectiva mezcla entre rimas y riffs, un audaz intento por licuar y drenar dos géneros que en el fondo tienen las mismas raíces.
El primer track lo dice todo, Coochie con Ludacris y Ol’ Dirty Bastard es más hip hop, pero el lado de The Black Keys es el que permite que los elementos sean más salvajes. Dollaz & Sense y Ain’t Nothing Like You (Hoochi Coo) son los que te hacen sentir que ambos géneros se mezclan en igualdad y las letras hacen patente ese esfuerzo: “Rock ‘n’ roll I lose control, fuck the white boys, the Black Keys got soul!” Pero es inutil poner todo en una reseña, cada canción te revienta en otra línea, riff o beat que te hace brincar del asiento y repetir ese álbum tardío de 2009, pero que todavía alcanza a entrar en las listas de favoritos del año.
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