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Desde hace tiempo quien escribe éstas líneas, había pensado hacer una breve reflexión sobre el título de nuestra colaboración. Lo he hablado con estudiantes de música y profesores y una conclusión común ha sido la siguiente:

“La educación musical en instituciones de enseñanza con validez oficial es importante, más no determinante en la formación de un músico”

Las ventajas de estudiar música en una universidad, conservatorio o instituto proveen al alumno de conocimientos teórico-prácticos de solfeo, armonía, contrapunto o historia de la música. Eso puede ahorrar tiempo y esfuerzo a diferencia de intentar aprenderlo de manera auto didacta.

Ahora bien, al trabajar en un esquema formal, la institución de enseñanza musical corre el riesgo de aplicar una filosofía de enseñanza tan rigurosa que no admite alternativas al estudiante para aprender música. En ocasiones ni siquiera se admite un criterio amplio para valorar diferentes propuestas estéticas.

 

 

Ese argumento arriba expuesto es una consecuencia de aplicar el mismo método a lo largo de años. Desde luego la institución se vuelve muy eficiente repitiendo el mismo proceso, se facilita el trabajo docente y administrativo, pero si no hay una reflexión constante que permita detectar fallas para mejorarlas, termina siendo un método educativo en perjuicio del estudiante.

La educación No Formal, la cual para a mi entender es aquella que se obtiene buscando información de manera auto didacta o acudiendo a clases con personas de experiencia tiene una enorme ventaja: El estudiante va aprendiendo de acuerdo a sus necesidades. Por ejemplo, si alguien quiere aprender blues, se puede concentrar específicamente en aprender los diferentes aspectos técnicos y estéticos del género. En un momento dado buscar un profesor que sea guitarrista de blues con años ejerciendo dicho lenguaje musical.

Desde luego hay también problemas en la educación musical No Formal. El mayor es quizás el gran riesgo de no inculcar la disciplina necesaria para sentarse a practicar regularmente.

 

 

El reto es buscar el justo medio. En algunas instituciones de enseñanza musical, se ha optado por dejar una serie de asignaturas básicas obligatorias como puede ser: solfeo, entrenamiento, auditivo, armonía, por un lado. Por otro lado, dejar una carga de asignaturas en la misma proporción donde el estudiante proponga un plan de estudios de su agrado y al final demuestre lo aprendido mediante una producción musical donde se aprecien las habilidades desarrolladas a través de su proceso de aprendizaje.

Es éste último esquema el que nos ofrece en un momento dado mayores posibilidades de desarrollo en el músico de mañana. El rato del estudiante que opte por éste camino es romper el paradigma de educación al que ha estado expuesto por lo menos unos quince años, ahí es donde el docente debe convertirse en motivador en lugar de ser una mera fuente de información.

 

 

La música no se puede aprender con el rigor de las ciencias exactas. (¿Deben incluso las ciencias exactas enseñarse con ese rigor matemático que tienen las universidades?) Eso es harina de otro costal. La música debe verse primero como juego y después aprender las reglas. Piensen los lectores si un niño al patear su pelota de plástico investiga primero qué es un tiro de esquina o un fuera de lugar. En inglés o alemán decimos JUGAR música (to play music, Musik spielen respectivamente), es importante reflexionarlo a lo largo de nuestra enseñanza y/o aprendizaje musical.

school of rock, 2004

 

 

 

 





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