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Pocas veces tiene uno la oportunidad de salir de su ciudad. Además del obvio desplazamiento físico, cultural, culinario y lingüístico, pocas veces se ha enfatizado -o se ha enfatizado poco- el zangoloteo neuronal provocado por el viaje en la cuestión sonora.

Viajar es atiborrar el ipod con todo lo que nos trae certidumbre, incluso las canciones que no conocemos y agregamos a la lista de reproducción para irlas conociendo -las rutinas, pues, de descubrimiento de bandas, de músicos, ésas también son parte de lo cierto- nos amarran a la ciudad, bares, amigos y discos a los que estamos acostumbrados. Igual que dejar la casa de los padres, decidirse a sacarse un rato los audífonos mexicanos para dejarse bombardear por lo que hay en otras latitudes causa vértigo, pero la recompensa es cuantiosa.

El mareo más fuerte se produce cuando uno se pone a pensar que ha vivido tanto tiempo sin haber escuchado medio compás de géneros que ni siquiera sabía existentes. Saberse incapaz de escuchar todas las canciones como se es incapaz de leer todos los libros. Y en ese sentimiento agridulzón de quererlo todo y no poderlo a pleno, se presenta el momento justo para lanzarse, oreja afilada, a sobrepasar la barrera de los ciento sesenta gigas de nuestra memoria sonora.

Así me vi, de pronto -más con asombro que con pretensión- neófito en lo que se escucha en la metrópoli parisina. Desde luego que existe el pop, jazz, mucha gente escucha rap, también aquí vienen los mega-artistas de hoy, pero lo sabroso está en el escenario chico (y no tan chico) y en esa infinitamente milagrosa manera en que alguien te transforma al decirte “¿ya escuchaste esta banda?”



Con un sentimiento de responsabilidad y afecto, me siento obligado a pasarles, como a mí me pasan, de voz en voz, los sonidos que descubro por acá y que suelen no llegar a aduanas mexicanas (suelen, no dije que no llegasen).

Para comenzar, dejo la recomendación de una banda belga de un género que yo ya había escuchado pero no conocía bien a bien. La estructura, musical y del conjunto. es bien parecida a la banda sonora de la célebre película Underground, de Kusturica, sonorizada por Goran Bregovic. Ambos hoy tienen sus bandas, compuestas por trompetas, saxofones, tubas, tambores, percusiones y voces en unísono que hacen de la música balcánica una fanfarria. Así, tuve la oportunidad el mes pasado de escuchar a Belgistan en el Foro del Ermitaño, en el 19ème, estrenando disco y dando un divertido y potente chou. ¿Canciones? en el myspace

http://www.myspace.com/belgistan

¿Videos?

Melómanos del mundo, abrid sus orejas. Vibra positiva. Hasta pronto.

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